jueves, 30 de junio de 2016

Cuento "Los susurros de mi silencio"....

Jaime Yanes Guzmán (feusud)
Publicado desde la página 27....
http://www.altaalegremia.com.ar/Archivos-Website/CO.INCIDIR_25.pdf


               Silencio
            Fueron sesenta años de misterioso y doloroso silencio. Un silencio sinuoso como las montañas, bosques y mares de La Patagonia. Fue un caminar sigiloso por los recodos del vivir, lleno de mutismos intranquilos como un clamor que ocultaba la explosión que luego vendría. Caminaba con la discreta complicidad de los torrentes de agua que bañaban los valles de mi ciudad, de los ríos violentos que me hacían  vibrar al constante cambio de riberas que me protegían. Era un silencio que laceraba, y simultáneamente, alegraba mi vida, que luchaba en contra de mi propia fragilidad que se ocultaba en el silencio de las montañas nevadas, anidando sentimientos encarcelados en un retraimiento que hería mi andar.
            Deambulaba entre bosques y orillas de mar y ríos, acompañado de vivencias inventadas, conversando en el silencio de mi soledad con el sentido poético de mis tiempos futuros, en la inmensidad de noches estrelladas de un firmamento grandioso y de apariencias impenetrables, alumbradas por galaxias con espacios infinitos que generaba la ambigüedad de  diálogos conmigo mismo más allá de mi propio yo, en un vivir lleno de avatares y misterios junto a muchas compañías amistosas  inexistentes creadas por una imaginación llena de luces azules fundadoras de vidas y experiencias concebidas con frutos silvestre protegido de las tormentosas lluvias por las gigantes hojas de las nalcas. Iba así creando mi propia compañía y amistad, rechazando la soledad, no estando jamás solo, creando puentes con lo venidero en un mundo infinito a partir de la amistad conmigo mismo.
  
                  Amando en silencio
            ¿Ensimismarse en un silencio pétreo? ¿Sentirme abandonado con amigos de verano que retornaban el resto del año a la capital, o encerrarme en mi mismo sólo acompañado de mis pensamientos? Ninguno de los dos caminos fue el mío.  Buscaba ansiosamente no estar ausente de mi personalidad, pero evitando los silencios inclementes, aterradores, implacables de la soledad. 
            Aysén tenía un ambiente natural cuya esencia con sus virtudes y cualidades nunca me permitieron sentirme solo. Su condición de ecosistema particular e inconmensurable, por el contrario, me hizo percibirme siempre muy acompañado, vinculado en amores y conversatorios silenciosos en un laberinto de algarabía que me hacían reemplazar muy pronto a mis amigos de niño ausentes y sentirme hermano inseparable de los árboles, las aves, la fuerza de las borrascas y granizadas, el ulular de los vientos; la lluvia permanente, las nubes siempre anunciadoras de aguas eternas que caían sin cesar desde los cielos casi invariablemente lóbregos, el cimbrear de los árboles, las amenazantes corrientes de los ríos y del frio penetrante de las escarchas del invierno patagónico.
            Caminaba por un estado nuevo, con rutas plagadas de  murmullos silenciosos que orientaban mi vida hasta hoy. Era una amistad que daba significación a los misterios de mi futuro. De un magnetismo que generaba una fuerte atracción con la naturaleza como manifestación de una realidad que me acompaño desde mi nacimiento, que aunque fue por poco tiempo, marco mi vida hasta hoy con el fuego de los rayos y relámpagos australes. Era el porvenir incierto que comenzaba a diseñarse en mi relación con esa salvaje naturaleza, que se aparecía alumbrando desde temprana edad mi horizonte, y que se atrevía a predecir lo que podía ser el atardecer de mi propia vida. Esta complementariedad que ató una fuerte amistad con la tierra y los cielos de La Patagonia marcaba mi Eros en un amor integrador con un placer nacido en la tierra pero que inundaba todo mi ser, mi espíritu, mi yo y que me abriría las puertas mucho más tarde a la mirada cósmica, a la poesía.
            Podía haber poesía sin amor? Mi relación con el bosque y los ríos era un sólido vínculo poético con la vida, era mi relación cósmica nacida  en aquellas pocas noches despejadas que alumbraban mi entorno, y me permitieron ver y conocer por primera vez el universo cósmico impresionante que cobija a La Patagonia. Las luces siderales se confabulaban para ver mi individualidad siempre en el seno de lo universal que se me aparecía misteriosa en las noches iluminadas por el parpadeo de los astros desconocidos que se mostraban llenos de incertidumbre y misterio. Dialogaba con ese cosmos sin perder mi propia identidad. Más bien me la fortalecía. Era mi mente y mi cuerpo que se unía a la vastedad meridional que me parecía tan solidariamente desconocida.
            Era un recién nacido cómico, de vida misteriosa invisible a la mirada común, que aparecía ambiguo en un vínculo entre mi yo y mi dialógica con la naturaleza como un espacio vacío implacable, lleno de vida desde donde surgirían las narrativas magníficas de mi caminar por las rutas desconocidas del mundo que me acogía. Era una integración plena y amorosa con ese mundo de brujos como dioses naturales de la lluvia y los ríos, las tormentas y los silencios, las noches oscuras y los bosques impenetrables. Tenía con ellos vibraciones amorosas de otra dimensión plena de vida cósmica que penetraban mi cuerpo suavemente sin alterar mi propia vida lograda imperceptiblemente.

           La ausencia de voz
Mi voz ausente interrogaba al mundo, lo cuestionaba incesantemente, le exigía respuestas incapaces de satisfacer. Pero era la armonía silenciosa de mi vida con ese cosmos misterioso las barandas reales que me sostenían y me permitían exigir lo porvenir como un mundo prometido. Cuestionaba silenciosamente con gritos llenos de resonancias por un futuro aún no conocido, de fuerza volcánica que ya no soportaba las ataduras que la encarcelaban a mi cuerpo y a mi espíritu. Mi voz potente en el silencio no cambiaba mis pensamientos. Potenciaban las ansias por construir un mundo inexistente. Mis carencias en el hablar no me hacía imposible ir construyendo  las pautas de una nueva humanidad que en algún momento explotaría en realidad tangible como un magma que se acumulaba por decenas de años sigilosamente capaz de construir conos de pasión increíbles.
Miraba la vida desde adentro, por eso el silencio de mi voz era fuego que construía mundos imaginados. Era un silencio lleno de palabras sigilosas que voceaban mis sentimientos con la furia del que no era escuchado ni entendido. Cómo hacerme entender con ausencia de voz? Mis percepciones de la vida no se plasmaban  en ideas audibles para mis amigos.  Sólo tenía un diálogo con la inmensidad cósmica de lo que generaba mi vida: bosques, ríos gigantescos y cielos de estrellas relucientes creadoras constantemente de más cuerpos astrales por el juego amistoso de partículas que iban concibiendo vida en su deambular estelar.
Mi alma de niño aventuraba sin cesar por caminos desconocidos. Mi armonía se transfiguraba constantemente y se entreabría a un mundo que no entendía mis gritos de paz que buscaba una realidad distinta. ¿Podía tener serenidad aquel que recién se asomaba a los tropiezos contradictorios del jugar de criaturas en torno a posas de agua influidas por los gemidos de las lluvias y los árboles? ¿Podían los charcos y el dolor de los árboles castigados por el fuego criminal provocado por los humanos darme serenidad para establecer dialógicas con los que me rodeaban?
La intranquilidad y los sueños de mi mundo inventado me daban vitalidad para seguir creciendo en mi niñez llena de alucinaciones no escuchadas por nadie. Solo mi amistad con ese mundo salvaje patagón garantizaba que mi yo individual se proyectara en creaciones futuras imprecisas. Mi eros me empujaba a la configuración permanente de este mundo lleno de belleza incomprendida aún por los que se negaban a escucharme. Mi yin como expresión de mi silenciosa existencia, se afanaba por modelar una nueva realidad que, en mi imaginario infantil, anunciaba un mundo lleno de esperanzas y felicidad. Ese yin se complementaba con el yang exterior, dependiendo el uno del otro. Mi yo tendía a la oscuridad que recibía la luz de ese mundo manifiesto o yang que siempre encendió las chispas de mi imaginación, invitándome a seguir por esos caminos sinuosos sin temor a encontrarme con lo desconocido. Logre siempre un equilibrio entre estas dos fuerzas que me dio paz y serenidad, pero al mismo tiempo, incertidumbre e intranquilidad apocalíptica.

Susurros tormentosos
Había desarrollado una amistosofia como identidad de pertenencia a la naturaleza con la cual me relacionaba. Mis tendencias vitales  se manifestaron en esa amistad entre mi yo y esa sustancia austral que me formó y creó mi instinto de fundador de futuro. Pero fue necesario que pasaran decenas de años antes que esos impulsos y corazonadas explotaran al comienzo con indignación incontrolable que luego tomo el camino del desosiego de la poesía, de las teorías que buscaban seres humanos distintos.

Surgieron nuevos compañeros y mi entorno se vio por primera vez con amigos y amigas que dialogaban conmigo a partir de nuestros impulsos y afinidades que buscaban los mismos objetivos, con mirada parecida de largo alcance que se sellaba en abrazos y entrelazamientos de manos amistosas de mucha cercanía. Otro mundo comenzaba que permitía que mi voz no sea sólo un susurro sigiloso, sino que adquiriera resonancia de gigante que se escucha cotidianamente por todo el planeta. Era una voz que ya no era solo un murmullo sureño, una vida de silencio en mi finitud, sino que trascendía como explosión sideral por toda la humanidad como rayos y truenos imposibles de ignorar. Mi amistad con el otro afiatado en la lealtad se extendía ahora más allá de la naturaleza que me vio nacer, sino además con una humanidad planetaria existencial que busca ecuanimidad consustancial a los tiempos misteriosos que vivimos, para transformarlo todo como requisito para seguir existiendo,

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