domingo, 24 de abril de 2016

Particularidades del régimen fascista: ver libro "Chile recordando el futuro"

              Jaime Yanes Guzmán
              (La bibliografía se encuentra en el libro)

           Particularidades del régimen fascista 
En defensa de sus intereses amenazados por la política del gobierno de Salvador Allende, el imperialismo y la reacción local chilena realizaron el golpe de Estado que puso fin a la experiencia de la Unidad Popular e imponen la dictadura cívico-militar fascista.
Para analizar el carácter de esta dictadura, es necesario ante todo recordar la clásica caracterización de Jorge Dimitrov sobre el fascismo como “… dictadura terrorista descarada de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero”. (1)
De hecho, esta afirmación tiene plena actualidad y coincidencia con nuestra realidad latinoamericana[1], pero además podemos agregar que el desarrollo del fascismo presenta algunas particularidades. En primer lugar, la dictadura militar que usurpó el poder no estaba en condiciones de asegurar una amplia base social que apoyara la política de su gobierno. En el primer momento el golpe provoca la simpatía en toda la burguesía, la pequeña burguesía e inclusive en una capa significativa de las capas medias. No obstante, cuando este Estado muestra su real esencia de clases como un Estado del capital financiero y la política responde sólo a sus intereses, parte de las clases y capas sociales que le apoyaron pasas a la oposición del régimen.
La llegada al poder del capital financiero cambió las características del Estado, lo que ratifica nuevamente la tesis de Dimitrov que “… la subida del fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía -la democracia burguesa- por otra, por la dictadura terrorista abierta”. (2)
En segundo lugar, esta situación impide al fascismo crear partidos políticos propios que apoyen su poder. La ausencia de un partido fascista y de un apoyo de masas obligó al fascismo chileno a sostenerse principalmente en las fuerzas armadas y policiales, y así gobernar hasta hoy día.[2]
      En tercer lugar, en la esfera ideológica la dictadura se basó en el anticomunismo, en el nacionalismo y en la “Doctrina de la Seguridad Nacional”. La concepción que domina es la afirmación que la patria está en peligro, que la amenaza el “exterminio marxista”. Los partidarios de esta concepción afirman, que Chile puede ser agredido por potencias extranjeras -la Unión Soviética y los países socialistas- o también por fuerzas internas -los partidos chilenos marxistas- que amenazan su estabilidad y existencia. El Estado chileno para defenderse sostiene que hay que eliminar estas fuerzas; y las únicas capaces de hacerlo son las fuerzas armadas y policiales.
En cuarto lugar, el golpe militar de Pinochet fue la respuesta que dieron los círculos más reaccionarios de la burguesía local chilena a la revolución iniciada por la Unidad Popular y la clase obrera. Para conservar el capitalismo en el país eran insuficientes los medios democráticos burgueses. Por ello era necesaria otra forma de Estado, una dictadura terrorista abierta del capital financiero.
            El fascismo triunfa en Chile en un momento determinado del desarrollo económico del país, más exactamente en el momento de transición al capitalismo monopólico dependiente y de un desarrollo activo de las estructuras monopólicas de Estado, las cuales tuvieron su inicio en la época del gobierno del democratacristiano Eduardo Frei. Las transformaciones revolucionarias del gobierno de Allende interrumpen este proceso y amenazan seriamente el poder mismo de la burguesía, lo cual lleva a una agudización sin precedentes de las contradicciones de clases. Para proseguir nuevamente el camino del desarrollo y fortalecimiento del capital monopólico, la burguesía tiene necesidad de estabilizar la situación política en el país y temporalmente lo alcanza a través del golpe militar fascista.
            Por último, no fue sólo la reacción local la que llevó la dictadura al poder. El fascismo también fue respuesta del imperialismo, cuando vio que sus posiciones en Chile eran seriamente amenazadas. El Gobierno de la Unidad Popular fue liquidando la presencia imperialista en las ramas más importantes de la economía del país como en las riquezas naturales, en la industria y en el sistema financiero. En los años anteriores a la llegada de la Unidad Popular al poder, la penetración del imperialismo aumenta en estas esferas en grado importante pero el gobierno las nacionaliza. Por eso podemos afirmar que el establecimiento del régimen fascista es la obra ante todo de las corporaciones transnacionales, especialmente estadounidense. Y eso es así no sólo en el sentido de que es una reacción a los golpes dados por el pueblo contra sus intereses, sino porque las transnacionales son las únicas que pueden desarrollar el capital monopólico en el país. La burguesía local sola no es capaz ni de lograrlo ni de jugar ningún rol decisivo en ese proceso. Refiriéndose a este problema Schafik Handal afirma que el paso hacia el capitalismo monopolista en América Latina es ante todo una tendencia que viene de los monopolios internacionales. Agrega, además, que el establecimiento del fascismo como forma de Estado para asegurar el paso hacia el capitalismo monopólico dependiente es obra de los monopolios internacionales ligados con el complejo industrial militar de los EEUU. (3)
            Y así, el fascismo en Chile es producto ante todo de la intromisión directa de los monopolios imperialistas en la vida política del país, al transformarse esos monopolios cada vez más en un factor interno más que externo de la política nacional. Las transnacionales junto con la oligarquía financiera local crearon las condiciones y dieron el apoyo necesario para el surgimiento, desarrollo y fortalecimiento del poder de la dictadura militar fascista de Pinochet. Con lo anterior, el fascismo chileno recibía la particularidad de un fascismo dependiente, condicionado por el carácter dependiente del desarrollo capitalista del país.
            Todo lo dicho hasta aquí nos permite llegar a la conclusión que el fascismo chileno responde a las características que Rodney Arismendi da a los regímenes fascistas de América Latina, a los cuales define como “…la dictadura descarada del capital financiero -enlazado a los sectores más regresivos de las viejas clases dominantes- promovida y sostenida por el imperialismo de EEUU, en particular por sus círculos más belicosos y recalcitrantes, encabezados por el Pentágono. El principal instrumento de esta dictadura son hoy las Fuerzas Armadas”. (4)
            Es el propio Pinochet, en declaraciones a la prensa, el que confirma lo señalado más arriba, cuando refiriéndose al carácter de su gobierno sostuvo que entendía su misión “… como apuntada a la creación de un nuevo régimen duradero y estable, por lo cual los actores y las reglas del juego que rigieron hasta el 10 de septiembre (de 1973, nota del autor) deben entenderse como superadas por los acontecimientos históricos”. (5)
            En efecto, la implementación del proyecto económico-social del fascismo exigía, en la esfera política, la destrucción del Estado burgués-democrático que en Chile existía desde comienzos de siglo. Fue cerrado el Congreso Nacional, y con ello se terminó con la democracia representativa, los derechos y las libertades de los individuos, los partidos políticos y el sistema parlamentario.  Las FFAA iniciaron inmediatamente la ocupación de todo el aparato estatal, y sus altos mandos fueron instalados en los diversos niveles de la administración pública. Los Tribunales Militares de tiempos de guerra predominaron sobre los civiles y se implantó una nueva “división de poderes” entre Pinochet (Presidente de la República, Poder Ejecutivo) y la Junta Militar (Poder Legislativo).
En la esfera económica, el régimen fascista basa su política en tres aspectos fundamentales. El primero de ellos es la reprivatización de la economía del país. El sistema financiero y productivo cayó nuevamente bajo el control de un número pequeño de grupos privados, menoscabando la destacada participación que en el pasado tenía en estas áreas el Estado.   
            El segundo rasgo esencial del modelo es su nueva forma de inserción en el sistema capitalista internacional. El propósito estratégico de los grupos económicos dominantes era estrechar relaciones con los bancos y empresas transnacionales, estableciendo así intereses conjuntos. Económicamente, la pieza principal de engarce con el capital extranjero sería el aparato financiero local, el cual se convertiría en el representante directo del sistema financiero transnacional y en el motor de la monopolización de la economía del país. 
            Y el tercer aspecto de la política del fascismo es la primacía del mercado como norma de funcionamiento de la economía. Con la fórmula libertad de mercado y su correlato financiero -el mercado de capitales- se facilitó el traspaso de propiedad desde el Estado hacia los particulares y la formación de los grandes grupos económicos, sin plantearlo explícitamente como objetivo fundamental.
            En lo ideológico, para desarrollar su proyecto de hegemonía en el país, el capital financiero necesitaba terminar con todo el pensamiento del progreso social democrático conquistado por el pueblo durante largas y duras jornadas de lucha.         Con este objetico se lleva a cabo una política ideológica que tergiversa la historia patria, ocultando el hecho que ha sido nuestro pueblo el autor de sus páginas más memorables, tachando de “politiquería” todo el proceso de avance democrático chileno, calumniando y desprestigiando los principales logros del pueblo en particular el Gobierno de Salvador Allende. 
            Ligado estrechamente al conjunto de la política del fascismo y como una de sus condiciones de éxito, la dictadura despliega al máximo el carácter represivo y criminal del actual Estado autoritario chileno, transformando la actividad terrorista abierta sin control ni limitaciones en una situación normal de cada día; fortaleciendo para ellos los aparatos represivos e institucionalizando el asesinato dentro y fuera de las fronteras del país.
            No obstante, para cumplir estos objetivos, el régimen necesitaba legitimar la autoridad que se imponía por la fuerza. El mismo 12 de septiembre de 1973 se dictó el Bando Nº 5 en que se justificaba el derrocamiento del gobierno constitucional. Así la dictadura militar pretendía transformar su imagen de un gobierno de fuerza o de facto en un gobierno de derecho. En marzo de 1974 la Junta Militar entregó al país -y fundamentalmente al Poder Judicial- su Declaración de Principios, que no es otra cosa que una acabada justificación de la toma del poder y de su actuar en el ejercicio de la potestad legislativa. Entre 1973 y 1980 se dictaron alrededor de 3700 Decretos Leyes, que además de permitir la transformación del Estado, le da el marco jurídico en que se “debe” enmarcar el Poder Judicial, especialmente en lo que dice relación con las garantías individuales.
            En Marzo de 1980 entró en vigencia la nueva Constitución, terminando con cualquier vestigio de “duda” que pudiera surgir sobre si aún continuaban vigentes normas de la Constitución de 1925 por sobre las normas que sin rango constitucional venían a modificarla. Con la Constitución de 1980, el gobierno se “revistió” de legalidad y determinó que en el país se encuentra vigente el “Estado de Derecho” y que el Poder Judicial actúa dentro de los marcos de la “ley”.
            Pero este gobierno “legal” seguía necesitando de unas FFAA -instrumento decisivo en el ejercicio del poder- afines al régimen que encabezaba Pinochet. Para ello expulsó de sus filas a los dudosos de incondicionalidad. De los 24 generales que participaron en el golpe de Estado de 1973, sólo dos se han mantenido en las filas del Ejército -el propio Pinochet y el general Cesar Benavides-. Los demás fueron llamados a retiro, y dos de ellos murieron en situaciones confusas.
            Al mismo tiempo Pinochet asegura la instrucción de sus cuadros de mando en el espíritu de la llamada “Doctrina de la Seguridad Nacional” en las escuelas correspondientes de los EEUU, formando entre los años 1973-1978 a 391 oficiales, totalizando 6.883 oficiales preparados en dichos institutos yanquis. Aumentó la dotación de las FFAA alrededor de ciento quince mil -la cifra más alta de Latinoamérica en relación a la población- dándole una proporción de 105 soldados por cada 10.000 habitantes en 1983 contra 58/10.000 de Argentina, 45/10.000 de Bolivia y 85/10.000 de Perú para el mismo año.  Sin embargo hay que tener presente que las verdaderas cifras son siempre mantenidas en secreto. Se supone que hoy día el régimen fascista dispone de doscientos mil soldados en condiciones de combatir. La mantención de esta inmensas FFAA cuesta al país alrededor de 1.500 millones de dólares al año, que representan más o menos un 14% del gasto fiscal. (6)
            Con todo lo analizado hasta aquí es posible demostrar que fue destruida la forma de Estado democrático-burguesa existente en el país, instalándose en su lugar la dictadura cívico-militar terrorista del capital financiero. La economía del país fue desnacionalizada, aumentando su grado de monopolización y dependencia del capital transnacional, transformándose éste y la oligarquía financiera local en las fuerzas hegemónicas de la vida de la Nación. Como condición de lo señalado anteriormente, fue institucionalizado el terror masivo contra el pueblo y reforzado a niveles nunca antes visto el aparato armado del Estado, todo ello con el objeto de asegurar la estadía en el poder del fascismo dependiente chileno.


Bulgaria, diciembre de 1984



[1] Todo el libro se refiera a la época comprendida entre 1983 y 1985
[2] Idem

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