martes, 29 de diciembre de 2015

Menos MBA y más creatividad

Javier Martínez Aldanondo
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria
jmartinez@catenaria.cl y javier.martinez@knoco.com Twitter: @javitomar
http://www.catenaria.cl/km/newsletter/newsletter_117.

Algunos de mis amigos (y todos mis enemigos) me van a odiar por cuestionar los MBAs igual que se incomodaron cuando escribí que vivimos en un mundo dirigido por ingenieros. La premisa es simple: la mayoría de directivos que lideran las organizaciones actuales son ingenieros que, en muchos casos, tienen un MBA con fuerte énfasis en finanzas. Su meta es que sus empresas sean rentables. Pero lo que hoy se demanda, con unanimidad inusitada, es contar con organizaciones innovadoras. Sin embargo, esos gerentes brillantes difícilmente pueden guiar a sus instituciones hacia ese nuevo estadio porque nadie jamás les enseñó como innovar. Su proceso formativo se centró majaderamente en entrenarlos para explotar un negocio. Los entornos orientados a asegurar los resultados, no son proclives a la innovación ni facilitan el aprendizaje. No es casualidad que la mayoría de emprendimientos venerados mundialmente hayan sido obra de jovenzuelos sin ninguna experiencia directiva ni con MBA (desde Steve Jobs y Bill Gates hasta Mark Zuckerberg). Por eso resulta tan enternecedor comprobar el enorme esfuerzo que hacen los gobiernos de todos los países por fomentar la innovación y por incentivar el emprendimiento. Tan noble empeño está condenado al fracaso por una razón obvia: mientras no cambiemos el modelo educativo de “producción de personas”, no vamos a conseguir que innoven y que emprendan porque ese modelo no les enseña a hacerlo. Es ridículo bramar que el sistema actual se cae a pedazos y que necesitamos inventar uno distinto mientras educamos para preservar el que tenemos.

NO FORMAMOS PARA LA CREATIVIDAD. Mi amigo Ezequiel es ingeniero industrial de la Universidad Politécnica de Cataluña (nada menos). Hace algunos años, se especializó en pensamiento creativo y hoy se dedica a enseñar a potenciar la imaginación, en la universidad y en organizaciones públicas y privadas. Como colaboramos en varios proyectos, le pregunte si la carrera de ingeniería que él estudió hace 3 décadas, incluía el desarrollo de la creatividad, de manera que una vez egresado, se pudiera desempeñar como un profesional emprendedor. Su respuesta fue lapidaria: me aseguró que su formación de ingeniero no promovió en absoluto el desarrollo del pensamiento innovador pero lo que es más grave aún, la formación de los ingenieros actuales es, en ese sentido, todavía peor que la que él recibió. Para no basarme en una sola opinión tan drástica, le formulé la misma pregunta a Adrian, ingeniero civil de la Universidad Nacional de Córdoba y uno de mis colaboradores más antiguos. Lamentablemente, su respuesta fue casi idéntica.

LO UNICO IMPORTANTE SON LOS RESULTADOS. Cada vez que hago una conferencia para un cliente, investigo la formación de sus cuadros directivos. Ya se trate de una empresa o una institución pública, en promedio, alrededor de un 70% son ingenieros y una minoría son mujeres. Varios incluyen un MBA en su curriculum, algo casi imprescindible en los casos del Gerente de Finanzas y del Gerente General. Todo directivo tiene como principal mandato hacer que su organización sea eficiente, minimizar los riesgos, controlar los costos, incrementar la productividad y maximizar los beneficios. Periódicamente, deben rendir cuentas de su gestión a un directorio que también suele estar densamente poblado por ingenieros. Al colocar el foco en los resultados, las empresas no dejan espacio para la improvisación, todo tiene que estar controlado y ser lo más predecible posible, las sorpresas rara vez son bienvenidas. Cuando el objetivo de una empresa es obligatoriamente ser rentable, no se escatiman esfuerzos para alcanzar los resultados prometidos, ya sea por las buenas o por las malas (como muestran los recientes casos de la FIFA o Volkswagen). Este paradigma inviolable nos lleva a asumir una serie de mandamientos que resultan muy peligrosos: cada año los resultados deben mejorar, cada vez hay que producir más, vender más, ganar más cuota de mercado, ser más grande. La insensata carrera por el crecimiento, nos conduce inexorablemente a maltratar los 2 recursos más valiosos de que disponemos:
  • Recursos naturales: no hace falta insistir en el grado de devastación al que estamos sometiendo a una naturaleza cada vez más deteriorada y próxima a sus límites.
  • Recursos humanos: No he hecho una investigación científica pero tengo la suerte de viajar a menudo y conocer la realidad de diferentes países, industrias, organizaciones y profesionales y puedo afirmar, que la inmensa mayoría de personas que conozco se confiesan abrumadas, agobiadas y angustiadas con su trabajo. Ante la presión que colocamos en los equipos y los individuos, sus respuestas son claras: depresiones, estrés, impacto en las relaciones familiares, fuga para crear sus propios negocios... Lo más grave es que esta tortura comienza en el sistema educativo, donde asfixiamos a los niños con toneladas de asignaturas, deberes, exámenes y notas y con jornadas que se parecen cada vez más a la jornada laboral de los adultos.
Es evidente que los resultados son muy importantes pero desde luego no son lo único importante y debemos plantearnos si son lo más importante. El mundo laboral está obsesionado con medir. El principal mecanismo que usamos para medir son los números. Y de los elementos que medimos con números, el que destaca ampliamente sobre el resto es el dinero. Nuestra civilización está diseñada y construida alrededor del dinero, todo se mide con dinero. Hemos instalado la creencia de que el principal objetivo de una persona o de una empresa consiste en conseguir la mayor cantidad de dinero posible (que le permita comprar todo lo que esté a su alcance, lo necesite o no). Eso se llama consumo. No es ninguna sorpresa que muchos directivos, políticos, empresarios o trabajadores busquen lograr dicho propósito por todos los medios. Eso explica la proliferación de maniobras para evitar pagar impuestos, financiarse ilegalmente, formar monopolios o manipular las cuentas de la empresa ya los bonos dependen de ello. En nombre del dios dinero, el fin justifica los medios. Y eso también implica que para que se haga algo, tiene que haber dinero de por medio y si no lo hay, muchas cosas simplemente no se hacen.

En el sector educativo, una corriente importante está presionando para imponer la “fiebre STEM” (promover la enseñanza de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas por sobre el resto de disciplinas). Parece que todos nuestros problemas se resuelven con más ingenieros, más pensamiento científico. ¿Los números son imprescindibles para vivir o hemos construido un mundo donde parece que es imposible vivir sin matemáticas? O si lo miramos al revés ¿los genios científicos son las personas más equilibradas, responsables o comprensivas en la sociedad? ¿Que seas un padre de familia ejemplar o un ciudadano democrático depende de tu nivel de matemáticas? La realidad es que el 95% de las personas lidia perfectamente con la vida manejando 5 operaciones básicas: sumar, restar, multiplicar, dividir (solo divisiones simples, de lo contrario necesitan calculadora) y la regla de 3. El ser humano no nace ingeniero, lo fabricamos así, se trata de un proceso deliberado. El asunto no es si el dinero o los números importan. Lo que hay que preguntarse es si son los elementos que debemos colocar en el primer lugar y subordinar a ellos todo lo demás.
INNOVAR ES EL CAMINO. La innovación es ya la tendencia dominante a nivel empresarial. Todo el mundo está convencido de que necesitamos organizaciones más innovadoras, profesionales más creativos y jóvenes emprendedores. Si tenemos que reinventar la forma de vivir y trabajar y de crear productos y servicios, lo verdaderamente primordial ya no es el capital sino la capacidad de generar nuevas ideas y de pensar distinto. El ingrediente esencial en un ecosistema innovador es la creatividad, algo que todos los seres humanos poseen. A pesar de este extraordinario consenso planetario, la innovación y el emprendimiento son disciplinas que apenas están naciendo y tienen que lidiar con bastantes dificultades: Para los ingenieros que dirigen las empresas (mayoritariamente nacidos entre 1950 y 1970) la innovación nunca estuvo entre sus prioridades, no explica su éxito a lo largo de su vasta trayectoria profesional ni tampoco formó parte de su curriculum educativo. No saben cómo abordarla pero al mismo tiempo, no tienen cómo evitarla y por tanto, no les queda otra salida que aprender. Si podemos anticipar que innovar será una propiedad esencial de cualquier organización que pretenda perdurar, entonces debemos preocuparnos de que ser creativo sea una habilidad que se adquiera desde el jardín de infancia y de esa manera evitar que los adultos la tengan que aprender mientras soportan la presión de liderar una organización, con directorios vigilando minuciosamente sus decisiones y donde un error puede provocar el desplome de la cotización de su empresa en la bolsa.

CONCLUSIONES
La mayoría de regiones del planeta anhelan convertirse en un nuevo Silicon Valley ya que de allá provienen las empresas que prometen cambiar el mundo. Cada vez más jóvenes sueñan conentornos de trabajo innovadores o directamente con crear una nueva start up admirada que les haga famosos y millonarios. El problema es que nadie sabe cómo hacerlo porque nuestro modelo educativo no nos enseña a innovar. Me he tomado la molestia de revisar los curriculums de los programas de MBA de varias reputadas escuelas de negocio internacionales y la innovación sale claramente perdiendo frente a las finanzas, marketing, estrategia, operaciones o incluso ante los sistemas de información. He revisado también el curriculum de varios colegios y la creatividad brilla por su ausencia.
Tenemos que ser conscientes de que todo el esfuerzo en recursos, tiempo y energía que se está invirtiendo para promover la innovación y el emprendimiento no dará los frutos esperados. Y es que estamos sembrando semillas en el cemento. Nuestras empresas fueron diseñadas para producir y su objetivo es la rentabilidad. Nuestro sistema educativo fue diseñado en el S.XIX para preparar obreros capaces de seguir instrucciones. Los ingenieros que siguen llegando al mercado han sido instruidos para evitar errores y garantizar la eficiencia. Los directivos que gestionan esas empresas, se entrenan en exclusivos postgrados donde aprenden a competir agresivamente en sus mercados con una única regla: o tu empresa crece o no eres un buen directivo. Que sean creativos, que inventen cosas nuevas, rara vez forma parte de las cualidades que se les exige ni de la manera en que se les evalúa. Es como si tuviésemos toda una estructura de categorías inferiores preparada para formar jugadores de futbol y cuando por fin llegan al primer equipo y están jugando a futbol, les pedimos que jueguen a baloncesto. Aunque quieran, ¡¡no pueden porque no saben!!. Si consideramos que innovar y emprender van a ser habilidades fundamentales para los profesionales del futuro, entonces tenemos que preocuparnos de que todo nuestro sistema educativo lo refleje con la misma intensidad con que lo vociferan los políticos y los líderes empresariales. El curriculum educativo actual sigue entrenando personas para obedecer, pendientes de aprobar exámenes y no equivocarse, sumisos al sistema. Necesitamos jóvenes capaces de tomar decisiones, de inventar nuevas o distintas formas de hacer las cosas. Si tengo un profesor que me ordena lo que debo hacer, entonces cuando llego a una empresa espero que haya un jefe que me diga qué debo hacer. Si en el colegio escucho, memorizo y repito una y otra vez lo mismo, sin margen alguno para tomar la iniciativa, entonces cuando llego a una empresa, no es mucha la creatividad que podré aportar. Necesitamos personas que no solo traten de mejorar lo que tenemos sino que se lo cuestionen y sean capaces de proponer otras realidades.

Si con esta educación hemos llegado hasta aquí ¿se imaginan lo que podríamos hacer con una educación más sensata y coherente? Con el modelo educativo que tenemos, innovar es un milagro. Para innovar hay que soñar y la educación no permite soñar. No podemos pretender crear una sociedad repleta de niños creativos, jóvenes emprendedores y ciudadanos y organizaciones innovadoras con la educación actual. ¿Se pueden modificar esos curriculums? Finlandia, reconocido como uno de los mejores sistemas educativos del mundo, ha vuelto a dejar en evidencia al resto de países rediseñando drásticamente su exitoso modelo para trabajar por proyectos. Los colegios jesuitas de Cataluña han diseñado un modelo que elimina las asignaturas, los deberes, los exámenes y los horarios, que modifica la arquitectura de las aulas… El aspecto crucial de esta revolución consiste en que, tras hacer un diagnóstico honesto del estado de la educación, han tomado la valiente decisión de asumir que la solución no puede pasar por poner parches al modelo. Si el modelo está agotado, entonces no hay que mejorarlo, hay que cambiarlo. Tampoco podemos soslayar el insoportable estrés que produce en las personas el sistema económico que hemos creado. Algo está mal cuando todo el mundo busca desesperadamente un resquicio para descansar, para recuperar el aliento. Nos comportamos como el millonario que en lugar de relajarse y disfrutar lo que tiene, sigue apretando porque todavía quiere acaparar más.

Los ingenieros son una de las profesiones con menor desempleo. Los MBAs siguen siendo, para quienes los cursan, garantía de trabajo bien remunerado. Pero no necesitamos insistir con más de lo mismo porque no nos está funcionando. Nuestra economía puede sobrevivir perfectamente sin más especialistas en cifras, en Excel y en eficiencia. Para resolver problemas técnicos ya tenemos a las máquinas. Si no nos gusta el mundo porque es injusto, tenemos que formar personas para que lo modifiquen. Necesitamos de toda nuestra imaginación para desarrollar personas más conscientes, reflexivas, juiciosas y solidarias, más capaces de escuchar y de colaborar. La creatividad se puede aprender. Solo falta tomar la decisión para que se deba aprender.

El 6 de enero participaremos en el seminario internacional “Neuropedagogía. El nuevo Paradigma Educativo del siglo XXI” que se celebrará en Santiago. El 11 participaremos en el seminario del Banco Mundial “Aprendiendo, Iterando y Adaptándose para Lograr Resultados”. El 12 impartiremos una sesión dentro del seminario Insight. Y el 14 y 15 dictaremos un seminario sobre gestion del conocimiento en este diplomado en gestión de la innovación pública.

domingo, 13 de diciembre de 2015

¡Victoria! El fin de los combustibles fósiles ha comenzado...




https://secure.avaaz.org/es/climate_story_loc/?bOdxmdb&v=70850&cl=9161492776

https://secure.avaaz.org/es/climate_story_loc/?bOdxmdb&v=70850&cl=9161492776

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martes, 8 de diciembre de 2015

Mauricio Wacquez: un anarquista marginal


Por Eliseo Lara

¿Hasta cuándo respetamos la irresponsabilidad?
El único principio metodológico posible
en la actualidad es la desobediencia,
porque es desobediencia a lo irresponsable.
M. Wacquez

         Llegar a la literatura de Wacquez es un placer y un pena. Placer por lo armoniosa, distinta e interesante que es su escritura y pena porque es de esos escritores que se les conoce tarde, en la adultez o en la búsqueda experimental que significa leer a los no-conocidos autores de nuestra narrativa. En su auto-exilio lo encontró el Golpe de Estado cívico-militar chileno, y como el mismo lo relata pensó en sus cercanos  y en los partidarios de Allende y militantes de la UP. Sin embargo nuestro escritor no se sentía parte del régimen y más bien ejercía una posición crítica y cuestionadora del proceso. Se declaró anarquista.

“Aunque yo no pertenecía al régimen de la Unidad Popular y mi acción era más bien teórica –bueno, enseñaba filosofía-. Siempre me sentí chapoteando dentro de un anarquismo marginal que, ahora lo sé, me ponía en contra de todos, salvo quizás de algunos profesores y alumnos del Departamento de Filosofía. Es decir, mi papel era ínfimo y denostado por mis colegas de la Unidad Popular y por la derecha.”[1]

            Wacquez, el escritor colchahüino que nació en 1939 y nos abandonó el 2000, previo a la presentación de la primera obra de una trilogía autobiográfica que tituló Epifanía de una sombra[2], dista mucho de ser cercano al anarquismo de González Vera y Manuel Rojas, pues el escritor “espurio”, como se definió en una entrevista, representa otra condición del ser ácrata: la individualidad. Su posición es más radical y sin la militancia de los anteriores. Situado muchas veces como miembro de la generación del ´60 y cercano temporal del mal llamado “Boom” latinoamericano, tomará distancia de la realidad americana y chilena como base identitaria de su obra y se situará en una libertad transgresora de la moral social. Su homosexualidad jugará un rol significativo en esto, pero también su formación filosófica y estética. El reconocimiento de haber leído a Bakunin cuando era profesor, nos hace pensar que también leyó a Stirner, pues en 1987 en una entrevista dada al diario La época y publicada el 2 de junio de ese año, dirá: “Mi universo narrativo es de total libertad y también las coordenadas morales en que se mueve. El problema moral es una elección primigenia y no puede explicarse desde ninguna moral social, sino desde su propia naturaleza.”[3]
            La posición social aventajada que tuvo el escritor de Colchahua, nacido en una familia aristocrática extranjera y venida a menos, como la describe en su última novela, no fue un impedimento para desarrollar una agudeza crítica sobre la realidad y la literatura, en ocasiones apelando a una función metafísica como rectora de la armonía que debía producirse y en otras a una completa desestructuración gramatical. En una relectura constante de los cínicos antiguos en su trabajo filosófico usará la ironía para develar esa cara oculta por la hipocresía. Había que buscar la constitución del sujeto. El sujeto del y en el lenguaje.
            Descendiente de franceses colonos, de Argelia su abuelo y de Chile su padre, vivirá en una zona favorable para la actividad de su familia: la vitivinícola. Sus primeros textos aparecen en la década del ´60 del siglo XX y algunos de ellos primeramente en Francia, donde se doctoró en Filosofía. Su condición ácrata se verá reflejada en su definición a-pátrida, pues el mismo dirá en alguna ocasión que la literatura es “un oficio para fugitivos.”
            En su novela Frente a un hombre armado (Cacerías de 1848)[4] de 1981 expondrá de forma más definida la apertura que inicia de su pensamiento a-moral en el libro de cuentos de 1971, titulado Excesos[5], pues en la novela nos entrega una explicación subjetiva sobre la transgresión humana. Podríamos decir incluso que se atreve a explorar como tema el cuestionamiento al control del cuerpo como expresión del poder y de la política, tema muy considerado hoy por los estudios producidos a partir de la obra del filósofo francés Michel Foucualt sobre la biopolítica. Lo cual antecede con mucho a la tendencia actual sobre sexo, sujeto, política y cultura.


Una crítica a la novela chilena

            Sus viajes diversos, sus contactos de editor y traductor y sus vínculos con el canon literario chileno, que parece prefería tenerlo de soporte editorial más que de colega de oficio, lo traerá a dar una clase-opinión como joven representante de la generación de los ´60  al curso del Proceso Crítico a la Novela en el Instituto Cultural de las Condes, donde leerá un breve artículo titulado Hablemos de nosotros,[6] en el cual señala:

“Reflejar la vida entera es el único objetivo de la novela. Y ya es bastante. Por eso hablar del destino de la novela es una forma de hablar del destino de nuestra vida. Una buena novela es siempre física, psicológica, metafísica, sociológica, política, botánica, zoológica, astronómica. Nuestra novela también debe ser metafísica, a pesar de los que dicen que escribir sobre esos temas es escribir a la manera alemana o francesa. Claro, la angustia del futuro no se da a orillas del Mapocho.”[7]

            El llamado es hacer una literatura libre, reflexiva, relevante y trascendente. Una literatura total. Roberto Bolaño, el escritor más afamado de las letras nacionales por estos tiempos, tendrá en común varios aspectos con el “derrotero anarquista” de Wacquez, pues ambos comparten el desarraigo, son escritores no en el exilio sino del exilio. Una expulsión que es auto producida en rechazo a lo establecido. Una ruptura con la identidad nacional que es crítica, pero que también es un acto político[8]. Comparten también la subversión de la forma, donde Wacquez discute el lugar del sujeto en la oración como centramiento de una subjetividad difusa. “Nuestra lengua tiene una sintaxis rigurosa. Primero aparece el sujeto, luego su acción y enseguida las circunstancias determinantes. Transformar ese orden pude ser un arte, un artificio o una desafortunada transgresión producto de la inhabilidad para darse a entender.”[9]

“La palabra siempre ha tenido más peso que “lo real”. Para mí importa más la vida dicha que la vivida. La novela es autobiografía en dos sentidos. Primero porque alude a la biografía de su autor y luego por ella misma se transforma en biografía, en experiencia literaria vivida, irreversible como todo conocimiento. Lo importante es que esa emoción, el único terreno de la escritura, y la biografía pueden repetir las emociones de los demás y que se inscriba así en una carne social.”[10]
           
            El refugio político y estético de Wacquez fue la literatura y en ella experimentó lo que muchas veces la sociedad, particularmente la exigencia moral de esta, no le permitía. La literatura fue su campo político de disputa moral y fue también una forma de vivir.


Contra la coerción social de la cultura

            En el año 1970 Mauricio Wacquez publica en La Habana el texto Cultura como seguridad, el que fue reeditado en Santiago al año siguiente por el Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile, lugar donde el autor hacía clases. Este escrito, que contiene una fuerte base filosófica marxista en el análisis histórico social que desarrolla, termina por convertirse hacia el final del texto en una proyección libertaria del arte.
Al inicio de la reflexión expresa la concepción de la cultura dada por Sartre en su texto Cuestiones de método. Marxismo y existencialismo, desde donde Wacquez señalará: “Nos interesan las grandes líneas de la Cultura, los modo que puede revestir cuando se halla frente a nosotros. La idea central está contenida en dos frases de Jean Paul Sartre: “Jamás se encontrará más de una (filosofía, cultura) viviente”, “Una filosofía (una cultura) se constituye para dar expresión al movimiento general de la sociedad; y mientras vive, ella es la que sirve de medio cultural a los contemporáneos”.”[11] Desde acá va poco a poco avanzando hacia el pensamiento crítico de la Escuela de Frankfort y su síntesis con el psicoanálisis freudiano. Así, desde esta perspectiva hará una crítica a los condicionamientos culturales de la burguesía dominante. Para ello identifica el rasgo preponderante en cada sociedad histórica de Occidente hasta lograr, a partir del análisis filosófico y económico de Marx[12], llegar a la actualidad del capitalismo bajo la lógica de que la sociedad alimenta un ideal religioso, basado en la confianza en una vida eterna, y el ideal científico que supone una “facilitación de la vida presente por un manejo de la naturaleza.”[13]  Ambos ideales serían la base que sustenta el principio de seguridad que posee la cultura. De ahí, entonces, “Cultura y seguridad serán pues en adelante, términos sinónimos; no como correspondientes sino como explicativos de un ánimo, de un deseo de vida.”[14] La cultura así se vuelve protectora de la vida humana contra la naturaleza inhóspita para nosotros, pero como consecuencia exige seguir la norma, la que construye un “hastío y sofocación” de l que nadie puede culpar a otro no querer esa vida.
Así dentro de todo este análisis sobre la cultura como seguridad hablará de las posibilidades de cambio y transformación donde, y esto es lo relevante para nosotros, se referirá al arte y el rol del artista, develando su mirada libertaria.
En este sentido tenemos como primer elemento la subjetividad del autor en la construcción de la obra, diciendo:

“el arte, que reúne dentro de sí temas harto escasos, nos muestra la vida repetida hasta la náusea, bajo diferentes formas; es el testimonio de diferentes hombres, de lugares diferentes, cuya variedad y riqueza no sabrían contener el cerebro de los robots con que soñaba Watson. El hecho de elegir un tema, comenzarlo de cierta manera, ponerle un determinado fin, denuncia la intervención indispensable de un artista que no quiere “conocer todo la realidad” como en su conjunto lo pretende la ciencia, sino mostrar un momento de ella, organizarlo alrededor de un tema, de unos personajes, de un tiempo que pasa. Todo esto quiere decir que la realidad de la obra de arte es la realidad del autor.”[15]

            La figura del autor y su importancia para la obra, cobraba fuerza en el arte libertario, pues la pretensión de ser voz directa de un potencial creador, que Wacquez también señala dentro del texto, de todo ser humano configuran una base ácrata en su concepción del arte y, por su oficio, de la literatura.  Añadiendo:

“Pero el arte refleja la vida entera. Contiene las cosas y la vida de los hombres, de todos los hombres, que rodean al artista, sus equivocaciones, sus contradicciones. El arte es una actividad porque es el reflejo de una actividad: la de vivir. Y es social, eminentemente social, porque esa vida es política, concierne a todo el núcleo humanos. No hay arte asocial.”[16]

            Como vemos el arte además cumple su rol político, como expresión de la realidad social, que como bien lo entiende Wacquez es política. No obstante, pondrá límites a la actividad artística, pues comprende que sus obras ayudan pero no son en sí mismas la revolución.

“El artista, tomo todo ente político, tiene un papel en la sociedad. Tratemos de definir cuidadosamente este papel. La parte de lucidez que le toca vivir no le da derecho ni a privilegios ni a consideraciones diferentes a las de todo trabajador. Siendo su actividad diferente a la de un obrero textil, las condiciones de su trabajo deben ser diferentes. El artista hace arte, no factura tela. Su papel es importante, de gran importancia: testimonia sobre la vida de los hombres, remueve los conformismos y compromisos fáciles de la sociedad, es de primerísima importancia en un proceso revolucionarios. Mas, el artista no hace la revolución. In facto, la revolución la hace el revolucionario (dirigente político). Aunque ambos se identifiquen en cuanto a la visión del mundo, sus actividades específicas son diametralmente diferentes”[17] Para más adelante decir que “es necesario otorgarle al artista la libertad necesaria para realizar su obra.”[18]

El escritor de la transgresión moral como acto rebelde, como expresión libertaria de la vida y como honestidad natural a la hipocresía imaginaria de una seguridad que termina siendo coercitiva, hablará de temas que la sociedad no quiere asumir sino más bien silenciar. Iniciamos este ensayo sobre este “anarquista marginal” con una interpelación al tipo de literatura que se escribía en la dictadura, una literatura falsa, llena de invenciones y embellecimientos que no tenían sentido para la realidad sufriente del país, llamando a una rebelión, a una escritura libre sin ordenamientos por medio de idealismos estéticos de críticos añejos. Llama a la desobediencia porque sabe que esa es la mejor arma contra los cánones morales de una sociedad “penetrada por la antidemocracia”.
Mauricio Wacquez nos muestra en su literatura la rebeldía de la transgresión, el anarquismo individualista de su hedonismo, el escéptico, el escritor fugitivo, el espurio pero sobre todo el hombre consciente de las representaciones sexuales del poder y las viabilidades de su subversión.










[1] Wacquez, M. (1997) Los más terribles sueños imposibles, En VV.AA. (1997). ¿Qué hacía yo el 11 de septiembre de 1973?. Lom: Santiago p. 46
[2]  Editorial Planeta: Santiago.
[3]  Artículo de prensa publicado por Memoria Chilena. [En Línea] Disponible en http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-83246.html
[4] Editorial Bruguera: Barcelona.
[5] Editorial Universitaria: Santiago.
[6] Artículo de prensa publicado por Memoria Chilena. [En Línea] Disponible en
http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-83248.html
[7] Ibidem
[8] Se puede hacer toda una reflexión a propósito del sentido que tiene el exilio para el sujeto en la política, pero como no es tema de este trabajo lo dejamos al pendiente. No obstante, debemos señalar que para la concepción moderna del Estado-Nación el ser un extranjero posee una serie de condiciones asociadas en desmedro de la condición ciudadana del individuo, al menos en lo que respecta a la participación política, cuestión que se remonta a la antigüedad clásica. Aunque hay excepciones.
[9] Crítica sobre la novela Frente a un hombre armado (Cacerías de 1848). Disponible en http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-83248.html

[10] Donoso, C. (1981). Cazador prófugo. Entrevista. [En Línea] Disponible en
http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-83255.html
[11] Wacquez, M. (2004). Hallazgos y desarraigos. Ediciones UDP: Santiago p.300
[12] “Marx destruyó una filosofía y construyó otra. El mundo de las Sociedades de Filosofía se siente atacado por el pensamiento de Marx puesto que éste da una imagen del hombre tan real, tan convincente, que permite destruir –sin armas, sin recursos, sin Vietnam- la poderosa maquinaria filosófica. Marx ataca la filosofía en su flanco más fuerte: el económico, que como sabemos, es el flanco moral de la Filosofía.” Wacquez, M. (2004). Hallazgos y desarraigos. Ediciones UDP: Santiago p.304
[13] Ibid. p. 307
[14] Ibidem,
[15] Ibid. p. 328
[16] Ibidem
[17] p. 329
[18] Ibidem.

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