mar_bolivia
Y como te lo digo, y con qué humedad de letras te lo narro, chiquito llocalla, pelusita paceño que nunca estuvo frente al estruendo salado de la planicie oceánica. Como hacértelo ver niñita imilla en estas letras, si nunca fuíste testigo de esa música y sus olas crespas chasconeando el concierto de la bella mar. Como te lo cuento, niño boliviano, como alargo la palabra m-a-r, y que ahorita zumbe en tus oídos como mil abejas moluscas, como millones de susurros que salpican tu carita morocha con su aliento materno-mar-tierno-mari-maternal. Esta es una carta dirigida a tus ojitos oblícuos que de mil maneras intentan imaginar ese gran charco azul que, no es como te lo cuenta la profesora en el colegio comparando la parte mas extensa del Titicaca, esa zona donde el cielo se recuesta sobre las aguas verde musgo, donde no hay cerros y el horizonte desaparece en esa lama esmeralda que, de alguna manera, también semeja un ojo de mar. Tampoco es similar a esa caricatura Whalt Disney que te muestran en la escuela boliviana, con peces de colores saltando por todos lados, con bañistas y quitasoles eternamente en vacaciones de verano, con arenas doradas y olas turqueza en un exceso de pedagógica idealización. Como te lo explico chiquito llocalla, mejor te cuento mi experiencia de niño cuándo por primera vez me encontré con el milagro marino. Vivía con mi familia en Santiago, y como niño pobre tuve la experiencia recién a los cinco años. En mi población se organizaban paseos a la playa por el día en enero o febrero, íbamos en micros que contrataba la Junta de Vecinos o el Club deportivo y cada familia se preparaba días antes para el acontecimiento. Recuerdo que la noche anterior los niños no dormíamos excitados por las expectativas del paseo. Mi madre en la cocina preparaba un pollo, hervía huevos duros, y zurcía los trajes de baño pasados de moda, desteñidos, con los elásticos sueltos por el uso familiar. Salíamos de madrugada en la micro vieja que siempre quedaba en pana en mitad del viaje. Y allí en la carretera, eran horas que debíamos esperar al chofer que solucionara el desperfecto. Casi al medio día, recién cruzábamos la cordillera de la costa, y entonces, antes de verlo, el mar nos llegaba en la brisa fresca y en ese olor a yodo que anunciaba la salada presencia. Y en un recodo, al doblar una curva, el dios de las aguas nos anegaba los ojos con su azulada inmensidad. Era tan fuerte la impresión, que no podía compararse con mil lagos, ni con mil ríos, ni siquiera con las cataratas de la inundación invernal. Hasta ese momento, nunca antes tuve la sagrada conmoción de esa inquieta eternidad, solamente la visión del cielo podía asemejarse a ese momento. Era como tener el cielo derramado a mis infantiles pies. Era como ver el cielo al revés, un cielo vivo, bramando, aullando ecos de bestias submarinas, un cielo líquido que se extendía como una sábana espumosa mas allá, infinitamente lejos hasta donde mis ojillos de niño pobre no podían llegar. El resto del día playero, transcurría como una película vertiginosa; todo era correr, jugar, hacer castillos que desmoronaba la marea , mojarse el poto en el agua como témpano, comer pollo masticando arena, quemarse como jaibas para demostrar que fuimos a la costa.
Todo era así, rapido como película de Chaplín, y luego, cansados de tanto gueviar, regresabamos en la misma micro escuchando los quejidos de insolación que emitían los curados dormidos a pleno sol. En realidad ese paseo de pobres, era una tortura, un día agitado de maratónica playa. Aún así pequeño niño boliviano, te puedo contar como conocí la gigante mar, y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso, te regalo el metro marino que quizás me pertenece de esta larga culebra oceánica. Tanta costa para que unos pocos y ociosos ricos se abaniquen con la propiedad de las aguas. Por eso , al escuchar el verso neo patriótico de algunos chilenos me dá vergüenza, sobre todo cuándo hablan del mar ganado por las armas. Sobre todo al oír la sobervia presidencial descalificando el sueño playero de un niño. Pero los presidentes pasan como las olas, y el dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul.


CAUPOLICAN
(o la virilidad empalada del alma araucana)
http://www.letras.s5.com/lemebel1711.htm


Despelucada por la historia, la leyenda del toqui pareciera confundirse en el ramaje difuso de una Biblia patria, de una bitácora testimonial donde impuso su verdad el puño del alfabeto castizo. Entonces, relatar un nombre o desterrar a un personaje autenticado a medias, relatado a la distancia por la crónica oportunista del lego español, supone articular esa distancia y relativizar las versiones que han hecho de su existencia un mito, una fugaz presencia entre el humo, los alaridos y la espesa vegetación donde se dió la Guerra de Arauco. Supone quizás, dudar de las estampas literarias que sólo lo autentican por su valentía y arrojo "cabalgando de capa roja en el potro blanco de Pedro de Valdivia, con la ropa interior del conquistador en la punta de la lanza, aseguraba que él le había dado muerte" al centauro de lata y por eso las prendas íntimas de Peyuco eran su botín con olor a pata, peo, poto y verijas del extranjero; relata Encina, sugiriendo algo más que la relación de conquistador a conquistado. Tal vez, reiterando el cuento de dioses blancos vestidos de sedas, cueros y metales que deslumbraron al rotoso pueblo araucano.
Es difícil hacer una crónica de este personaje sin contaminarse de la imprecisa narrativa que corre sobre Caupolicán, la suma de supuestos, imposibles de verificar, o la vocería popular del chisme donde se reconstruyen cientos de caupolicanes que orillan la caricatura, el drama o el chiste. Y en último caso, el sospechosos argumento que cuenta Ercilla, el autor de "La Araucana", el Poema de Chile, que metaforiza empalagosamente la bravura y el ingenio viril del pueblo mapuche. Pero el lírico Alonso solo estuvo de paso por estos peladeros, tiempo insuficiente para bordar su admirado tapíz épico en que se fundamentaban casi todas las versiones oficiales que historizan la derrota de un pueblo arrasado por la conquista. Y pareciera que esta poética reconstrucción de la masacre fuera el mejor argumento europeo para mirar literariamente la historia. Pareciera que la historia que se enseña en los colegios acentuara el hilado estético que suaviza los hechos y ponderara como en un cómic didáctico, "la gallardía, y la masculinidad tan recia y reacia del alma araucana" (Ercilla).
Actualmente, es difícil imaginar al toqui guerrero sin estropear su nublado perfil con las alabanzas de los cronistas de la Conquista que redoblan su propio narciso al ponderar mariconamente la hombría mapuche. Según Encina: "La sicología reciamente varonil, movió al araucano a admirar a los soldados españoles que sobresalían por su intrepidez y empuje". Con estas citas se podrá escribir una versión gay de la Historia de Chile, digo gay porque me refiero a esa homosexualidad que se da entre machos: el gallito, ese juego tan popular que traviste en ejrcicio de fuerza la excusa para cogerse las manos (E. Muñoz). Pero este baile del guapo a guapo, tangueando la conquista y que nos enseñaron en el colegio, escribe solamente un tratado hombruno de la historia, un espejo de machos obcecados rivalizando un territorio, peleando la administración del mapa americano. Un territorio como una cancha de fútbol o chueca donde la mujer mapuche sólo aparece mencionada en saqueos y violaciones o en la cruza mestiza del urgimiento boludo del fauno español.
Quizás resulta complejo adentrarse documentadamente en el triste relato de Caupolicán, alabado por los laureles maruchos de Ercilla, y por lo mismo, castigado por la caricatura del empalamiento que lo atraviesa enculado por la pica del coño en la violencia del tormento que todos conocemos. Tal vez, es irónico pensar que por este castigo los vientos orales lo recuperan y lo transforman en una versión de San Sebastián chileno sodomizado por terquedad. "Están tan emperrados con este mal indio de Caupolicán, que otro día envió a decirme que, aunque fuese con tres indios, me había de matar; y aun desafiándome en forma como si fuera hombre de gran punto". (Carta al rey por García Hurtado de Mendoza). Tal vez, cualquier suplicio, común en esos días, no hubiera bastado para trasladar la epopeya del toqui hasta nuestro tiempo. Y tuvo que ser el empalamiento, el cuento morboso que lo traslada humillado en lo más íntimo. En lo más resguardado del macho, la gruta anal donde sintió hondo la pica rajándole el orto, la entraña y la intestina. Sin exclamar ni un ay, sin decir agua va, sin mover un músculo, el valiente indio soportó el suplicio. Se dice, se cree. Y pareciera que de este calvario sin llanto, se valen los cronistas y frailes copuchentos, para ensalzar la caradura del indio... o mejor dicho, su rajadura.
Puede ser peligroso componer una estampa del héroe de Millarahue, el generalísimo Caupolicán, luego de tanta leyenda sobre una minoría étnica que no le dio entrevistas a la historia. Y que con respecto al gran toqui, su popular y conocido retrato, la escultura que está en el cerro Santa Lucia, fue una copia de un souvenir vendido en París y que en ese entonces representaba al último mohicano. Así, si no existe una versión mapuche de su propia historia, y solo la oralidad de su lengua lo guarda y encapulla con el celo de su atávico secreto, ¿desde dónde extraer su autoría? ¿Desde qué memoria se podría reafirmar o desmitificar la cárcel extrema sobre la virilidad semental que acuña el escrito castellano? ¿Desde qué retazo, mestizado por cierto, habría que nombrarlo hoy? Quizás para esto, deba acudir a mi propia biografía colihue o colipán y actualizar la memoria desde mis juegos eróticos con hijos de panaderos en la lejana adolescencia de mi india población. Es posible que desde esas relaciones íntimas y secretas que tuve con mi pueblo y que permanecieron calladas y clausuradas en su mutismo ancestral. Pero ese es otro capítulo privado, tal vez necesario para ahondar un poco más sobre la actual masculinidad de nuevos caupolicanes, más altos, más claros, con jeans y personal stereo que se llaman Boris, Walter, Gonzalo o Matías y que bajan la voz cuando dicen su apellido mapuche, escondiendo timidamente las cenizas castigadas de su brava estirpe.


(Fragmento del libro NEFANDO Crónicas de un pecado)

BESAME OTRA VEZ FORASTERO
Pedro Lemebel

.......... Ahí está garabateada en el muro de su noche, con sombrero de punto, tacos y cartera roja; sola y hambrienta teje su telaraña azul lado a lado de esta calle de notarías y oficinas, a cinco cuadras de mi barrio. Oscura y delicada saca un cigarrillo; la vieja no fuma, por eso no lo prende, espera la figura del joven, que desde el fondo de la calle avanza al ritmo elástico de las zapatillas, lo piensa mientras se acerca, olfatea el aire roído de la noche buscando ese olor fresco, con los ojos semicerrados por el deleite y el alquitrán de sus pestañas, se pasa la lengua por el descolorido bigote y sueña y pasa borrosa por su entelado cerebro la historia imprecisa de sus quince años. Es la vieja, la madonna con enaguas de franela esperando a los corceles que vengan a comer de su mano; guachito venga les susurra, ya pues mijito les grita, oye cabro cómo tenís el pajarito. Así vocifera la nonagenaria, bien sujeta en las piernas enclenques; venga un ratito mijo, está muy vieja señora, aquí detrasito escóndase conmigo, está muy oscuro señora, siéntese aquí mijo lindo a verse la suerte con esta pobre vieja, aquí en esta escalera helada y sáquese la pichulita, no le tenga miedo a esta anciana leprosa, a este ángel azul, la dulce compañía de los liceanos vírgenes, que llegan solitarios a ofrecerme la fina piel de su sexo; aquí está la abuela milagrosa, que acaricia con su garra de seda el pálpito de la sangre en los prepucios, la vieja de guardia, niñera impúdica lamiendo los penes infantiles, la gallina que empolla quinceañeros, que los arrastra a su cueva de sábanas con mentholatum, hasta la fauce de su útero desdentado; bésame repite acezando, bésame por favor, mi muchacho, mi niño hermoso, que veo alejarse por las membranas rotas de mis cuencas, de mis ojos que te persiguen mientras cruzas la calle, que se rebalsan de agua ligosa y la enorme lágrima la despierta y por un momento mueve la boca sin sonido, baja el escalón, guachito no se vaya, mijito venga, taconea unos acrobáticos pasos y lo pierde en la carrera alérgica del muchacho al doblar la esquina. Entonces vuelve cansada a su peldaño y mira con ojos de agua turbia, tratando de buscar el sol en su tremenda noche. Es la misma señora que riega cardenales en el piso de enfrente, sólo diez metros de aire separan mi ventana de la suya. Durante el día, enmarcada en el alfeizar, teje y espera paciente que el sol se ponga de luto, va hilando los últimos destellos que enreda en su cabeza blanca para verse más hermosa. Escucho oculto en la sombra el "Para Elisa" de su caja de música, me llega distorsionado por los años el timbre de su voz lunática, puedo ver, con los ojos cerrados, el espejo y su cara blanca en la luna dorada de azogue; canta y ríe, se mancha la boca de crayón, se da vueltas lentamente, entonces tengo miedo, miedo de abrir los ojos, miedo de asomarme a la ventana,miedo que me mire, miedo que sus ojos de gallina enferma, rodando calle abajo, alcancen al niño que huye en bicicleta, que desaparece en la perspectiva ruinosa del barrio, porque tuvo asco y al mismo tiempo deseos de subir la escalera de enfrente, de ver de cerca el ojo sumergido que le guiñaba la vieja, quiere ir lejos sobre los pedales porque llegó a tocar la manilla de bronce y se introdujo en la pieza fresca de aspidistras y cortinas de hilo, subió hace un rato la escalera, sucumbiendo al deseo del ojo desvelado llamándolo desde el balconcito, ella le mostró la pierna, bajándose la media de lana entre los cardenales, hizo revolotear sus manos incoloras en el aire indicándole que cruzara; y ya es muy tarde para que el jugoso muchacho se arrepienta, porque descubrió en el baño su pelaje genital, entonces el balconcito es un desafío, y el ojo de la vieja, que cuelga en mitad de la noche, lo hace perder la cabeza; y va y viene, entrando y saliendo de la ventana -¿Qué le pasa que no se sienta?- Es la edad del pavo mujer, no te fijas que pegó el estirón de pronto-. Poca más y se nos casa, poco más un poquito más le pide la vieja y él acepta y se baja los pantalones y le dice toma vieja, cómetelo, mámatelo, así sin dientes, boquita de guagua, mamita, sigue no más, vieja de mierda, así suavecito, más rápido, cuidado que viene, viene un río espeso a inundarte la pieza, una corriente de cloro que me baja del cerebro, borrándome la imagen del espejo, donde la vieja ternera hunde su cabeza entre mis piernas y se aprovecha de ese momento para besarme, clava su lengua con rabia en mi boca y en el paladar me deja, por muchos años, el gusto rancio del pasado.
..... Al paso de los años, se fue juntando el tiempo que dejó la calle desierta; neblinosa, como una película sin argumento, y calendarios gastados por la obsesión del mancebo, el otoño y sus tacos pisando hojas, aguas nubosas y veredas calientes, retumbando en mis oídos su taconeo suelto en el baile de la amanecida. El barrio se hizo viejo y ella observó con sus redomas de suero la sucesión de todas las generaciones; de la abuela muerta al padre anciano, también muerto, al nieto adulto padre de otros niños, también crecidos al ritmo lúgubre de los años, el fatigoso descenso de los ataúdes por las escaleras, tan estrechas, que debían bajar con sogas desde las ventanas, los llantos a medianoche, el gangoso ronquido de los viejos, en fin todos los ocasos fueron presididos desde su ventana; desde aquel tiempo hasta aquí, hablando con temor ahora, porque estoy hablando de mí, rodeado de cruces, en este sillón frente a la ventana, abandonado de todo lo que fui, solamente me da ánimo saber que pronto escucharé su caminar por la calle, porque así regresa todavía; la veo claramente azul rengueando la madrugada, con un resabio a semen en la boca, borrosmente azul cruza el pórtico del edificio y se hunde en el hueco de la escalera, adivino su olor a trapos sucios, la veo abrir cansada la puerta y sentarse en la banqueta tapizada de felpa, la diviso demente meciéndose en la medialuna del espejo, sacándose el sombrero de punto, batiendo el cabello cano y transparente, como una medusa loca, estacionaria en su vicio. Aún ahora, que hace mucho el balcón permanenece cerrado, a los geranios lacres se los fue comiendo el polvo, una tarde fue la última vez que se escuchó su taconeo imparejo camino a la esquina, su pollera de herbario se cerró para siempre en un secreto, mucho hace que su sombra de lagarto no se enrosca en el pilar de la esquina; hace mucho del último recuerdo...
..... Solamente yo tuve conciencia de la resurrección de su cara en mi espejo, el dorado espejo de azogue que rescaté de los despojos cuando la vieja fue sacada sólida y putrefacta, tres meses después de su muerte.