miércoles, 25 de junio de 2014

Prólogo al libro "Método, Competencias y Pensamiento Complejo"



Jorge Osorio Vargas

No puede sorprender que , en un texto de análisis teórico y político sobre la situación de la educación en el mundo moderno occidental , se conjugue una exhaustiva narrativa sistemática con una vital poesía, si el texto es de un pensador discípulo de Edgard Morin, como es  Jaime Yanes, el autor del libro que tengo el gusto de prologar.
Morin ha sostenido en su libro Amor-Poesía-Sabiduría que la poesía  y el pensamiento crítico llegan a ser modos de vida íntegros cuando se nutren de la búsqueda de la belleza, el cuidado y la celebración de la Vida
Los  poemas  de Jaime  son insurgentes, y su crítica a los modelos positivistas y mecanicistas que han prevalecido en el análisis del desarrollo educativo no es menos insurgente. Ya no es posible decir que las críticas neo-paradigmáticas inspiradas en el pensamiento de Morin  sean críticas desde los “arrabales”, de que los  “satisfechos de la comodidad epistémica y política”   han llamado peyorativamente  “lo alternativo”
La flecha del análisis del pensamiento complejo en el ámbito de la educación se ha clavado en el corazón de la crítica  de los modelos que  hacen de ésta un ámbito de control y subordinación, y no de emancipación, que originariamente fue el valor y sentido del acto de educar y de educarse: salir de sí, descubrir nuevos mundos posibles, vivir la plena libertad. Los griegos cásicos los identificaron con  el llegar a ser sujetos de  valentía,  de  coraje: la parresia, sobre la cual nos ha actualizado Michel Foucault en sus Seminarios.
El cuidado y el desarrollo de sí y la dimensión mutual de la educación,  asociadas ambas dimensiones  con el desarrollo ecológico  y la construcción de sociedades inclusivas y justas, sólo son  posible desplegarlos  en la realidad educativa de nuestros tiempos  si los apreciamos  y practicamos como  las  expresiones holográficas  que son.
En ello está,  quizás, la contribución más significativa del texto de Jaime: explorar, desde la crítica de la modernidad, una razón insurgente, holográfica, lanzada hacia la búsqueda de lo que Paulo Freire llamó “lo inédito posible”, esto es, la ampliación de los limites, el desplazamiento continuo  de lo “ya dado”, de lo “ya caduco”  (por sí “lo dominante”, “lo violento”).
Y en este proyecto Jaime construye su propio “discurso del método”, como un  albañil reflexivo y crítico,  como un  jardinero epistemológico, que va desmalezando la historia del “método occidental”, para dar paso a una propuesta en ciernes sobre cómo transitar a otro modo de pensar la educación.
No desconoce nuestro autor las propuestas que murmullan con propósitos   anestésicos, tanto desde  las agencias tecnocráticas como  desde el “comercio establecido de la educación”, tan poderoso en nuestro país,  que  pugnan  por doblarle las manos a los movimientos de la indignación,  del altermundismo, de los estudiantes y  de los ciudadanos críticos. 
Jaime ,  animado y sustentado, como el  ciudadano global que es, precisamente en estos movimiento de acción directa,  indaga desde  las fisuras del positivismo   en la   “ruptura-novedad”  de  los “ giros cuánticos”  en las ciencias físicas y del espíritu  ,  para  avanzar en la creación de sostenes epistémicos  que dinamicen   las corrientes   “insurgentes” , que desde diversas modalidades  trabajan  para  llegar a  vivir mundos sustentables , culturas y  cotidianidades interculturales, diálogos de saberes , demo-diversidades, multiversidad.

miércoles, 18 de junio de 2014

Chile: una democracia funcional al capital

 por Micaela Lobos
http://www.elmostrador.cl/opinion/2014/06/17/chile-una-democracia-funcional-al-capital/


Estimados lectores!
Este blog publica preferentemente artículos sobre educación y bformación en general. Hacemos hoy la excepción porque debemos entender que los cambios educacionales que nuestros paises necesitan pasa por democratizar de verdad nuestrea sociedad, y salirnos del dominio capitalista transnacional. Esta claro que se necesita de una nueva Constitución que sea la base de un nuevo ordenamiento político-jurídico y económico-social de nuestros países. Este artículo es un buen análisis de la relación democracia-capitalismo 
Las consecuencias en educación las pueden sacar cada uno de los lectores.
Saludos
Jaime

En los días posteriores al triunfo de Salvador Allende, Richard Nixon pedía a su secretario de Estado, Henry Kissinger, “hacer gritar la economía de Chile” para impedir la llegada de la Unidad Popular al poder. Esta declaración, que forma parte de uno de los 350 documentos desclasificados hace algunas semanas por la CIA, da cuenta de la resistencia al primer gobierno electo bajo las normas de una democracia liberal y que abiertamente declaraba no defender los intereses del capital. La historia que siguió ya es bastante conocida.
En un reciente artículo, el profesor Boaventura de Sousa Santos, analiza la relación entre capitalismo y democracia, señalando que “el capitalismo sólo se siente seguro si es gobernado por quien tiene capital o se identifica con sus ‘necesidades’”. En la vereda contraria sitúa a la democracia, entendida, en su definición más perfecta, como un gobierno de las mayorías “que no tienen capital ni razones para identificarse con las ‘necesidades’ del capitalismo”. Además, subraya que estas necesidades que son minoritarias “colisionan” con las necesidades de las clases trabajadoras, aludiendo a un conflicto distributivo entre quienes concentran la riqueza y quienes reivindican una repartición más equitativa de la misma.
Frente a esto, ¿cómo ha sido posible que la democracia sobreviva en sistemas dominados por una minoría acumuladora de capital? Hay periodos en que simplemente ha sucumbido en momentos en que las élites dominantes han visto amenazados sus intereses. Sin embargo, en gran parte del mundo se instaló una democracia liberal, utilizada –según argumenta el autor– para evitar que las mayorías pobres lleguen al poder, recurriendo a una serie de dispositivos legales y legitimados, tales como restricciones al sufragio, leyes de lobby, consagración y supremacía del derecho a la propiedad individual y represión de la actividad política fuera de la institucionalidad, entre otras. Suena conocido.
Tras el gobierno de la Unidad Popular, el golpe de Estado, 17 años de dictadura cívico-militar y 24 de gobiernos electos bajo normas democráticas, ¿pudo la democracia chilena sobreponerse a los intereses de las minorías? ¿Quiénes son los que han gobernado Chile y qué intereses representan? Desde luego, esta no es una respuesta fácil de entregar ni de construir. Pero resulta interesante esbozar una aproximación para el caso chileno a la luz de evidencia reciente y que parece estar ampliamente aceptada y consensuada entre diversos sectores políticos.

Recientemente se presentó el informe Auditoria a la Democracia en Chile, elaborado por el PNUD, en el que colaboraron, además, distintos centros de pensamiento (Centro de Estudios Públicos, Corporación de Estudios para Latinoamérica, Libertad y Desarrollo, Proyectamérica, Instituto Libertad, Fundación Jaime Guzmán y Fundación Chile 21). El Informe, que analiza la calidad de la democracia, reconoce que, pese a su extensión formal, los principios e ideales de la democracia, tales como la igualdad y control popular del gobierno, siguen siendo lejanos.

Un elemento importante para esbozar una respuesta es saber a quiénes se ha estado eligiendo como gobernantes. La supremacía de los partidos políticos en ocupar los cargos de elección popular ha dejado poco o nada de espacio a candidaturas independientes y, con ello, a sus electores. Esta elitización del espacio de toma de decisiones se agudiza con la existencia de una baja rotación y alternancia de autoridades en sus cargos, según consigna el informe. En el caso del Congreso, el sistema electoral binominal ha contribuido a sobrerrepresentar a ciertos sectores políticos y excluir a otros, en procesos electorales que “desde el retorno a la democracia han sido altamente predecibles y con escasa competencia efectiva para la percepción de los electores”. Pese a ello, en las últimas elecciones partidos y movimientos políticos que habían estado excluidos de cargos de representación popular han ganado espacio, incluso dentro de la coalición gobernante. Aunque, salvo excepciones, gran parte de este logro se debe a negociaciones y pactos con los grupos políticos dominantes.

A esta crisis de representatividad, se añaden los bajos niveles de confianza que las personas tienen en el Congreso y los partidos políticos; en 2013, sólo un 15% manifestaba tener mucha confianza en los partidos. Aún más grande se hace esta distancia al constatarse que la identificación de las personas con los partidos es baja: en 2013, sólo el 35% de los encuestados manifestó identificarse con algún partido político. Es más, un 51% cree que los partidos están compuestos por políticos que actúan para promover sus propios intereses.
Lo paradójico es que la ciudadanía se ve forzada a elegir y sentirse representada por políticos que forman parte de colectividades con las que no se identifica y en las que confía poco.

Pero estas percepciones parecen tener su correlato en el comportamiento electoral. El informe da cuenta de una baja sostenida en la participación de las personas en edad de votar desde 1989, donde un 86% de la población acudió a las urnas, cifra que llegó al 59,5% en 2009 y a 51,7% en la presidencial del 2013. Esta tendencia no se revirtió con un cambio en la institucionalidad que permitió la inscripción automática y voto voluntario, realidad que confirma que quienes están eligiendo a los representantes son cada vez menos personas, dejando el poder de decisión en las manos de unos pocos. Tal vez la apertura del espacio a nuevos grupos políticos sea una oportunidad para aumentar la participación.

Ante esto, no es de extrañar que el capital se sienta seguro en un sistema político que está lejos del control popular. Tampoco debe sorprender que la institucionalidad laboral, instaurada en la época de ausencia democrática, haya permanecido prácticamente inalterada, favoreciendo a los grandes intereses económicos, acrecentando la desigualdad social. En la actualidad, los trabajadores tienen prácticamente nula capacidad de incidir en la distribución de la riqueza (baja sindicalización, negociación colectiva limitada) y, por ende, menos incidencia aun en las decisiones que pesan sobre sus propias condiciones de vida.

Los datos dan cuenta de la existencia de un espacio político que está cada vez más lejos del alcance popular, dominado por partidos políticos cada vez más ajenos a los intereses de la sociedad, y que ha servido muy bien a los intereses de una minoría. Esa es la gran piedra de tope para realmente poder construir alternativas distintas.



martes, 17 de junio de 2014

LA Vía, de Edgar Morín



Según Morín (2011), la globalización es el estadio actual de la mundialización que ya había comenzado a finales del siglo XV con la conquista de las Américas y los viajes de Vasco de Gama. Plantea que comienza con la caída de lo que él señala como las llamadas “economías socialistas”. Define la globalización como el “fruto de la conjunción entre un bucle retroactivo del auge desenfrenado del capitalismo (que, bajo la égida del neoliberalismo, invade los cinco continentes) y el auge de una red de telecomunicaciones instantáneas (fax, teléfono móvil, Internet). Esta conjunción hace posible la unificación tecnoeconómica del planeta”. (2011:20). Pero esta nueva situación, según Hessel y Morín (2013:15) “… ha provocado más empobrecimiento que enriquecimiento. Bajo su égida, la globalización, el desarrollo, la occidentalización –tres caras del mismo fenómeno- se han mostrado incapaces de tratar los problemas vitales de la humanidad”.
A partir de esta masiva relación entre los diversos países se está tomando conciencia del peligroso deterioro del planeta. Los reclamos de los pueblos originarios por la marginalización y discriminación de sus culturas van en la dirección de exigir cambios sustantivos que responda a sus necesidades de solidaridad entre todos los pueblos del planeta. Se hace necesario tomar medidas para asegurar el respeto de las culturas regionales y de mirar la historia de cada país desde una perspectiva universal y no europea, como es hasta el momento. El cuestionamiento de la discriminación, de los egoísmos e individualismos, la marginación, el machismo, etc, está haciendo emerger valores como el diálogo, la solidaridad, la equidad, entre otros.
Teniendo presenta situaciones como la descrita, Morín, señala que como reacción a la globalización suceden tres procesos culturales que son antagónicos y concurrentes. Nos encontramos frente a “un proceso de homogenización y de estandarización según los modelos norteamericanos; un contrapeso de resistencia y de revitalización de culturas autóctonas; y finalmente, un proceso de mestizaje cultural” (2013:20). La globalización creó la infraestructura de una sociedad-mundo, desarrollándose para el planeta una economía mundializada. Pero esta economía mundializada no se encuentra bajo control, y ello impide que la sociedad planetaria se convierta según Morín, en “Tierra-Patria”. Ninguna de las actuales instituciones como la ONU, la FAO, la OMC o la propia UNESCO tiene la autoridad suficiente para dirigir a la humanidad como la patria de todos. Sin embargo están emergiendo nuevas instituciones que encarnan la conciencia humana como el Club de Roma u ONGs humanitarias como Greenpeace, Médicos sin Frontera y tantos otros.
Morín (2001) plantea que es necesario un nuevo horizonte epistemológico reconstruyendo el pensamiento, y que éste se debe manifestar en el sistema educacional para permitir que surja una forma histórica distinta de ser, que nos señale el camino de la transformación de la hominización en humanidad. Osorio (2012) señala que necesitamos avanzar en la comprensión de la realidad, complejizar el pensamiento de la complejidad para poder aproximarnos al entendimiento de nuestra condición humana en la era planetaria. El hombre vive en una sociedad compleja que además lo determina y constituye, y cada vez toma más conciencia de su alejamiento de esa realidad. La propuesta es superar el pensamiento simplificador de lógica disyuntora-reductora, de una racionalidad a partir del pensamiento científico-clásico de la sociedad occidental, y, por el contrario, avanzar en una transformación paradigmática del conocimiento para la comprensión de la hipercomplejidad humana. Este nuevo paradigma debe orientar la educación y la formación de nuestros estudiantes y profesionales. Morín (1992: 224) nos plantea que “Por ello tenemos que comprender que la revolución se juega hoy no tanto en el terreno de las ideas buenas o verdaderas opuestas en una lucha de vida o muerte con las ideas malas y falsas, sino en el terreno de la complejidad del modo de organizar las ideas. La salida de la “edad de hierro planetaria” y de la “prehistoria del espíritu” nos exige pensar de forma radicalmente compleja”. La preocupación fundamental de este autor es pensar la hipercomplejidad humana desde sus fuentes físico-químicas, biológicas y antropo-sociales, haciendo para ello una verdadera revolución en la educación y formación de los seres humanos, porque es imposible entender esta hipercomplejidad humana desde la actual percepción epistemológica clásica que domina en el sistema educacional planetario.
Morín[1] en su Conferencia en la Escuela de Gobierno para Jóvenes en Buenos Aires, Argentina, señaló que nos encontramos frente a la muerte de la modernidad. Esta primera muerte es el fin de la omnipotencia benéfica de la técnica y del desarrollo económico como base del desarrollo humano. Queda cada vez más al descubierto que de ninguna manera el desarrollo técnológico-económico tomado como base del desarrollo de las potencialidades humanas, asegura desarrollo humano. Por el contrario, dicho “desarrollo” nos enfrenta a la muerte ecológica y la destrucción de la biósfera. Morín señala con mucha fuerza que este avasallamiento y conquista occidental del mundo debe terminar porque nos lleva o al suicidio nuclear o al suicidio ecológico.
Para detener estos suicidios planetarios es necesario detener el dominio en nuestras economías de las hipertrofias del crédito, la especulación financiera con el petróleo, los minerales, los alimentos, entre otros. Morín (2011:23) cita a Alan Greenspan, que en su libro “La Era de las Turbulencias” señala que las finanzas mundiales” se han convertido en un barco ebrio, desconectado de las realidades productivas”. Pero además Morín señala que la crisis de la civilización occidental tiene también otras raíces: el egocentrismo egoísta, el consumismo intoxicador, el incremento de las desigualdades, las megalópolis asfixiadoras, los condominios fortificados y temerosos de las poblaciones segregadas, la desertificación acelerada por el tipo de producción de monocultivos en el campo, alimentos degradados por el uso excesivo de hormonas y antibióticos, las religiones en procesos de corrupción, pero también los laicismos vacíos de principios y la ausencia de un humanismo planetario que se desarrolle entre la unidad y la diversidad humana.
Morín agrega además que globalización, occidentalización y desarrollo constituyen una sola crisis. La globalización occidentalizada se ha transformado en la locomotora del desarrollo tecnológico-económico y amenaza seriamente con la estabilidad alimentaria del planeta. En su rápida y desenfrenada carrera por alcanzar este desarrollo, la economía China, denuncia este autor, busca competir con la sociedad norteamericana en tanto pueda alcanzar una cifra de tres automóviles por cada cuatro habitantes. Esto significaría crear carreteras en una superficie parecida a la que hoy se destina al cultivo del arroz. Actitudes parecidas encontramos en todos los países llamados emergentes. La intoxicación consumista y las necesidades artificialmente creadas crecen continuamente. Esta situación, señala el autor, ha desatado una tremenda avaricia y fines de lucro que han terminado con la solidaridad y potenciado el egocentrismo, el individualismo y la criminalidad. Pero al mismo tiempo se han expandido los barrios marginales con una pobreza que contrasta brutalmente con el consumismo de las capas medias y de los pocos millonarios que existen en esos países. Morín cita un Informe de Naciones Unidas para el desarrollo del año 2003 que “mencionaba que 54 países eran más pobres que en 1990; la esperanza de vida había retrocedido en 36 de ellos”, y pregunta ¿quién dijo que “El desarrollo es un viaje que comprende más náufragos que pasajeros…”? (:26).
En esa misma Conferencia en Buenos Aires, Morín plantea que uno de los desafíos actuales más importantes de la humanidad es poner bajo control el desarrollo anárquico de la ciencia, la tecnología y los procesos económicos. Nos encontramos frente a un exceso de información que sobrepasa la capacidad del ser humano para entender, comprender toda la información que la sociedad humana genera hoy día. Se necesitan nuevas formas de organizar la información y nuevas epistemologías para comprenderla. El asunto no es acumular la información sino tratarla de tal manera que permita organizarla en núcleos o constelaciones para su comprensión. Deberá existir un juego entre las actuales poderosas computadoras y la mente humana con criterios, visiones y arte suficiente que las organice para su comprensión. Hay que conocer los puntos centrales del saber que permitan prever los propios acontecimientos que el ser humano genera con sus descubrimientos. La predicción del futuro no debe llegar a rangos de imposibilidad. Las cosas nuevas deben dejar de ser invisibles porque, como señala Morín, tengan un nacimiento “microscópico”. No se previó de inmediato, señala el autor, el descubrimiento del código genético. Lo mismo sucedió con el descubrimiento de la estructura del átomo en los años ’30. Parece ser, sentencia Morín, que lo nuevo, lo microscópico, lo “invisible” es una desviación porque se enfrenta a las ideas ya conocidas.
Morín señaló también que si queremos salvar al mundo de la autodestrucción debemos darle un nuevo sentido a los conceptos conservación y revolución. Ambos conceptos se condicionan y se excluyen al mismo tiempo. Se excluyen porque no hay conservación absoluta. Las cosas están en permanente cambio y transformación y no se mantienen inmóviles en su estado. El concepto revolución incluye también el de conservación porque esta última no es tabula rasa, no destruye todo el pasado. Conserva los gérmenes culturales que le han dado vida a la sociedad. La llamada sociedad de la información necesita también de la filosofía para su mejor comprensión. ¡Informática sin Shakespeare es inconcebible!, señala este autor.
Morín (2011:27) acusa que “¡La idea de desarrollo es una idea subdesarrollada!”. En primer lugar porque organiza a las sociedades de modo compartimentalizado, con lo cual se pierde la visión de conjunto. Predomina al mismo tiempo una racionalización tecnológica-económica que es confundida con la racionalidad humana. El cálculo es lo fundamental para desarrollar el conocimiento, pretendiendo medir todo con indicadores altamente estandarizados. Esta racionalización instrumental ignora la totalidad, los contextos humanos y culturales, transformándose en ecocida o en etnocida. Esta occidentalización frenética del desarrollo crea justamente su contrario: un subdesarrollo intelectual, ético, físico, humano. Transforma las soluciones en problemas mayores que lo que pretendió superar. Tampoco el término de desarrollo sustentable supera las atrocidades de esta forma de convivencia: estamos frente a una multicrisis que está minando las bases del mundo actual. Morín acusa que nos encontramos ante una gigantesca crisis planetaria que se presenta como “la crisis de la humanidad que no logra acceder a la humanidad” (2011:29).
La incapacidad de la modernidad y la occidentalización de tratar los actuales problemas que genera pone en peligro a la sociedad entera a su desintegración o regresión. ¿Es posible cambiar de Vía? Hessel y Morín (2013:17-8) nos dicen que “Hay que saber globalizar y desglobalizar. Es preciso seguir con la globalización, que nos proporciona una comunidad de destino como seres humanos (…) Proponemos perpetuar y desarrollar todo lo que la globalización aporta al concepto de  intersolidaridades y de fecundidades culturales, pero, al mismo tiempo, proponemos devolver las autonomías vitales a lo local, a lo regional, a lo nacional, así como salvaguardar y favorecer por todas partes las diversidades culturales”. Continúan estos autores señalando que “Tenemos que desglobalizar para ceder todo el espacio a la economía social y solidaria, para proteger la economía de la región, preservar la agricultura de subsistencia y la alimentación ligada a ella, la artesanía y los comercios de proximidad, con el fin de atajar la desertificación de los campos y la disminución de los servicios en las áreas urbanas en dificultad”. En fin, de acuerdo a Hessel y Morín, se debe sustituir la unilateralidad del crecimiento por una mirada compleja del crecimiento que determine lo que debe seguir creciendo y lo que debe decrecer: reducir la agricultura industrializada, las energías fósiles y nucleares, la intoxicación consumista, la economía de los bienes superfluos.
Morín plantea que la sociedad vive una doble oportunidad en estos momentos de crisis: no resuelve sus problemas y la sociedad se degrada; o, crea un metasistema que le permita entender y resolver sus problemas, y entonces metamorfosearse. Y de aquí la pregunta que se hacen Hessel y Morín: ¿Será capaz el sistema planetario de  crear “… las condiciones de su propia metamorfosis, lo cual lo haría capaz de sobrevivir y de transformarse al mismo tiempo”? (2013:15). Morín es optimista, aunque confiesa que es muy difícil lograrlo. La sociedad humana no tiene otro camino, si no quiere desaparecer, que enfrentar el peligro nuclear, la degradación de la biósfera, el descontrol de la economía mundial, las hambrunas, la mala formación y educación de sus jóvenes y profesionales y los conflictos etno-político-religiosos.
Haciendo referencia a la metáfora de la oruga transformada en mariposa, Morín(2011:32)  nos dice que “el nacimiento de la vida puede concebirse como la metamorfosis de una organización físico-química que, al llegar a un punto de saturación, crea una meta-organización, la auto-eco-organización viviente, la cual, aunque involucra exactamente los mismos constituyentes físico-químicos, lleva asociadas unas cualidades nuevas, entre las cuales están la auto-reproducción, la auto-reparación, la alimentación a partir de energía exterior y la capacidad cognitiva”. Morín cree que esto es posible, porque a diferencia de Fukuyama que creía que la capacidad creadora de la evolución humana se había agotado, nos plantea que es la actual “historia la que está agotada, y no las capacidades creadoras de la humanidad”. El autor nos invita a “repensar todo y volver a empezar”. Osorio (2012) plantea que para lograrlo urge una nueva racionalidad, la construcción de una dimensión epistemológica, ontológica y metodológica desde el pensamiento complejo de Morín y de la Transdisciplinariedad de Nicolescu, como única posibilidad de seguir haciéndonos viables en este nuevo mundo planetario y terminar con esta escisión entre la vida humana, la planetaria y el universo.
En el mundo se empiezan a desarrollar ideas iniciales en distintas localidades que buscan la regeneración de la sociedad, de la economía, de la política, de la educación cognitiva, ética, moral, etc. Se trata ahora de descompartimentar estas ideas, terminar con la disyunción de ellas y reconocerlas para crear un camino de transformaciones globales posibles en todas las esferas de la sociedad, pero en especial en el sistema educacional. Es necesaria la construcción de un nuevo paradigma que permita reunificar los conocimientos fragmentados en la modernidad con la creación de las disciplinas, con el claro objetivo de buscar la supervivencia de la especie humana en esta nueva era que se ha convertido en planetaria. Hay que crear una nueva Vía que lleve a esta metamorfosis deseada a que nos prometa la salvación del planeta y la humanidad. Morín cita a Heidegger que señala que “el origen está en nosotros”. La metamorfosis apunta Morín, sería, realmente, un nuevo origen. ¿Será posible asumir la herencia del germen que se encuentra en la base de lo humano, del embrión para desarrollar un nuevo nacimiento planetario?


[1] Morin, Edgar Introducción al Pensamiento Complejo morin, e. - Inet  Compilación de ensayos y presentaciones del pensador francés Edgar Morin realizadas entre 1976 y 1988,

viernes, 13 de junio de 2014

GRANDEZA Y DECADENCIA DEL CIENTIFICISMO



Del libro
La Transdiciplinariedad
Manifiesto


(Pág 16 a la 20)


Basarab Nicolescu
Universidad Mundo Real Edgar Morín A.C.




El espíritu humano ha estado obsesionado, desde La Noche de los Tiempos, con la idea de leyes y de orden, para dar un sentido al Universo donde vivimos y a nuestra propia vida. Los   antiguos inventaron la noción metafísica, mitológica y metafórica de cosmos. Se acomodaban muy bien a una Realidad Multidimensional, poblada de entidades diferentes: de los hombres a los dioses, pasando eventualmente por una serie de intermediarios. Dichas entidades vivían en su propio mundo, regido por sus propias leyes, pero ligadas a leyes cósmicas comunes que engendraban un orden cósmico común. Los dioses podían, así, intervenir en los asuntos de los hombres y los hombres, a veces, estaban hechos a la imagen de los dioses, y todo tenía un sentido, más o menos oculto, pero al fin y al cabo, un sentido.

La ciencia moderna nació de una ruptura brutal con la antigua visión de mundo. Se fundó sobre la idea sorprendente y revolucionaria, para la época, de una separación total entre el sujeto que conoce y la Realidad, que se supone completamente independiente del sujeto que la observa. Pero, al mismo tiempo, la ciencia moderna proporcionaba tres postulados fundamentales, que prolongaban, en grado supremo sobre el plano de la razón, la búsqueda de leyes y
de orden:

1. La existencia de las leyes universales, de carácter matemático.
2. El descubrimiento de estas leyes por medio de la experiencia científica.
3. La reproductividad perfecta de los datos experimentales.

Un lenguaje artificial, diferente del lenguaje de la tribu -las matemáticas-, era elevado, por Galileo, al rango de lenguaje común entre Dios y los hombres. Los éxitos extraordinarios de la física clásica, desde Galileo, Kepler y Newton hasta Einstein, confirmaron la precisión de estos tres postulados y, al mismo tiempo, contribuyeron a la instauración de un paradigma de la simplicidad que se volvió predominante en los umbrales del siglo XIX. La física clásica llegó a edificar, en el transcurso de dos siglos, una visión de mundo tranquilizadora y optimista lista para acoger, en el plano de lo  individual y lo social, el surgimiento de la idea de progreso.

La física clásica se fundamenta en la idea de continuidad, de acuerdo con la evidencia proporcionada por los órganos de los sentidos: no se puede pasar de un punto a otro del espacio, ni del tiempo, sin pasar por todos los puntos intermedios. Además, los físicos ya tenían a su disposición un aparato matemático fundado sobre la continuidad: el cálculo nfinitesimal de Leibniz y Newton.

La idea de continuidad está íntimamente ligada a un concepto clave de la física clásica: la causalidad local. Cualquier fenómeno físico se podía comprender por medio de un encadenamiento continuo de causas y efectos: a cada causa en un punto dado corresponde un efecto en un punto infinitamente próximo, y a cada efecto en un punto dado corresponde una causa en un punto infinitamente próximo. Así, dos puntos separados por una distancia infinita, en el espacio y el tiempo, están ligados, sin embargo, por medio de un encadenamiento continuo de causas y efectos: no es necesaria una acción directa a distancia. La causalidad más rica de los antiguos, como la de Aristóteles, se reducía a uno solo de estos aspectos: la causalidad local.

Una causalidad formal o una causalidad final ya no tenían lugar en la física clásica. Las consecuencias culturales y sociales de dicha amputación, justificada por el éxito de la física clásica son incalculables. Hoy en día, incluso, muchos de los que no tienen conocimientos agudos de filosofía consideran como una evidencia indiscutible la equivalencia entre “la causalidad” y “la causalidad local”, hasta el punto de omitir, en la mayoría de los casos, el adjetivo “local”. De esta manera, el concepto de determinismo podía hacer su entrada triunfal en la historia de las ideas. Las ecuaciones de la física clásica son tales que si se conocen las posiciones y las velocidades de los objetos físicos, en un momento dado, se pueden predecir sus posiciones y sus velocidades en cualquier otro momento del tiempo. Las leyes de la física clásica son leyes deterministas.

Considerando que los estados físicos son funciones de posiciones y de velocidades, resulta que si se precisan las condiciones iniciales (con el estado físico en un momento del tiempo dado), se puede predecir completamente el estado físico en cualquier otro momento del tiempo dado. Es claro que tanto la simpleza como la belleza estética de estos conceptos -continuidad, causalidad local, determinismo-, tan operativos en la Naturaleza, hayan fascinado a los más grandes espíritus de los últimos cuatro siglos, incluyendo el nuestro. Sólo quedaba un paso por superar, que no era de naturaleza científica, sino filosófica e ideológica: proclamar la física como la reina de las ciencias. Más precisamente, con todo reducido a la física, lo biológico y lo síquico no aparecen más que como etapas evolutivas de un único y mismo fundamento. Este paso lo facilitaron los avances indiscutibles de la física. Así nació la ideología delcientificismo, que apareció como una ideología de vanguardia y que alcanzó un extraordinario desarrollo en el siglo XIX. En efecto, se abrían perspectivas inauditas ante el espíritu humano.

Si el Universo no fuera más que una máquina perfectamente arreglada y previsible, Dios podría relegarse al estatus de simple hipótesis, innecesaria para explicar el funcionamiento del Universo, el cual se desacralizaría de súbito y la trascendencia del mismo se llevaría hacia las tinieblas de lo irracional y de la superstición. La Naturaleza se ofrecería como una amante al hombre, para ser penetrada en sus subsuelos, dominada y conquistada. Sin caer en la tentación
de un sicoanálisis del cientificismo, es preciso constatar que los escritos de los cientificistas del siglo XIX sobre la naturaleza abundan en alusiones sexuales de las más desenfrenadas. ¿Habría que sorprenderse de que la feminidad del mundo se hubiera ignorado, ridiculizado y olvidado en una civilización fundada sobre la conquista, la dominación y la eficacia a toda costa? Como un efecto perverso, pero inevitable, la mujer, de manera general, está condenada a jugar un
papel menor en la organización social.

En la euforia del cientificismo de la época, era natural, como lo hicieron Marx y Engels, postular el isomorfismo entre las leyes económicas, sociales, históricas y las leyes de la Naturaleza. Al fin y al cabo, todas las ideas marxistas se fundamentan en los conceptos provenientes de la física clásica: continuidad, causalidad local, determinismo, objetividad.

Si la Historia se somete, así como la Naturaleza, a leyes objetivas y deterministas, se puede hacer tabula rasa del pasado, por medio de una revolución social o por cualquier otro medio. De hecho, lo que cuenta es el presente, como condición inicial mecánica. Al imponer algunas condiciones iniciales sociales bien determinadas, se puede predecir, de manera infalible, el futuro de la humanidad; basta con que las condiciones iniciales se impongan a nombre del bien y de la verdad -por ejemplo, a nombre de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad- para construir la sociedad ideal. La experiencia se ha hecho a escala planetaria, con los resultados que conocemos. ¿Cuántos millones de muertos por algunos dogmas? ¿Cuánto sufrimiento a nombre del bien y de la verdad? ¿Cómo es posible que ideas tan generosas en un principio se hubieran transformado en todo lo contrario?

En el plano de lo espiritual, las consecuencias del cientificismo también han sido considerables. Un conocimiento digno de este nombre sólo puede ser científico, objetivo. La única Realidad digna de este nombre es, claro está, la Realidad objetiva regida por leyes objetivas. Todo conocimiento diferente del científico se lanza al infierno de la subjetividad, tolerada, a lo sumo, como ornamento o rechazada con desprecio como fantasma, ilusión, regresión, producto de la imaginación. La palabra misma de “espiritualidad” se vuelve sospechosa y su uso prácticamente abandonado.

La objetividad, erigida como criterio supremo de verdad, tuvo una consecuencia inevitable: la transformación del sujeto en objeto. La muerte del hombre, que anuncia tantas otras muertes, es el precio que se tiene que pagar por un conocimiento objetivo. El ser humano se vuelve objeto -objeto de la explotación del hombre por el hombre, objeto de experiencias de ideologías que se proclaman científicas, objeto de estudios científicos para ser disecados, formalizados y manipulados-. El hombre-Dios es un hombre-objeto cuya única salida es la autodestrucción. Las dos masacres mundiales del siglo pasado, sin contar las múltiples guerras locales que también han producido numerosos cadáveres, no son más que el preludio de una autodestrucción a escala planetaria o, tal vez, de un autonacimiento.

En el fondo, más allá de la inmensa esperanza que ha provocado, el cientificismo nos ha legado una idea persistente y tenaz: la de la existencia de un único nivel de Realidad, donde la única verticalidad concebible es la de la estación sostenida sobre una tierra regida por la ley de la gravitación universal.

Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites More

 
Powered by Blogger