martes, 17 de junio de 2014

LA Vía, de Edgar Morín



Según Morín (2011), la globalización es el estadio actual de la mundialización que ya había comenzado a finales del siglo XV con la conquista de las Américas y los viajes de Vasco de Gama. Plantea que comienza con la caída de lo que él señala como las llamadas “economías socialistas”. Define la globalización como el “fruto de la conjunción entre un bucle retroactivo del auge desenfrenado del capitalismo (que, bajo la égida del neoliberalismo, invade los cinco continentes) y el auge de una red de telecomunicaciones instantáneas (fax, teléfono móvil, Internet). Esta conjunción hace posible la unificación tecnoeconómica del planeta”. (2011:20). Pero esta nueva situación, según Hessel y Morín (2013:15) “… ha provocado más empobrecimiento que enriquecimiento. Bajo su égida, la globalización, el desarrollo, la occidentalización –tres caras del mismo fenómeno- se han mostrado incapaces de tratar los problemas vitales de la humanidad”.
A partir de esta masiva relación entre los diversos países se está tomando conciencia del peligroso deterioro del planeta. Los reclamos de los pueblos originarios por la marginalización y discriminación de sus culturas van en la dirección de exigir cambios sustantivos que responda a sus necesidades de solidaridad entre todos los pueblos del planeta. Se hace necesario tomar medidas para asegurar el respeto de las culturas regionales y de mirar la historia de cada país desde una perspectiva universal y no europea, como es hasta el momento. El cuestionamiento de la discriminación, de los egoísmos e individualismos, la marginación, el machismo, etc, está haciendo emerger valores como el diálogo, la solidaridad, la equidad, entre otros.
Teniendo presenta situaciones como la descrita, Morín, señala que como reacción a la globalización suceden tres procesos culturales que son antagónicos y concurrentes. Nos encontramos frente a “un proceso de homogenización y de estandarización según los modelos norteamericanos; un contrapeso de resistencia y de revitalización de culturas autóctonas; y finalmente, un proceso de mestizaje cultural” (2013:20). La globalización creó la infraestructura de una sociedad-mundo, desarrollándose para el planeta una economía mundializada. Pero esta economía mundializada no se encuentra bajo control, y ello impide que la sociedad planetaria se convierta según Morín, en “Tierra-Patria”. Ninguna de las actuales instituciones como la ONU, la FAO, la OMC o la propia UNESCO tiene la autoridad suficiente para dirigir a la humanidad como la patria de todos. Sin embargo están emergiendo nuevas instituciones que encarnan la conciencia humana como el Club de Roma u ONGs humanitarias como Greenpeace, Médicos sin Frontera y tantos otros.
Morín (2001) plantea que es necesario un nuevo horizonte epistemológico reconstruyendo el pensamiento, y que éste se debe manifestar en el sistema educacional para permitir que surja una forma histórica distinta de ser, que nos señale el camino de la transformación de la hominización en humanidad. Osorio (2012) señala que necesitamos avanzar en la comprensión de la realidad, complejizar el pensamiento de la complejidad para poder aproximarnos al entendimiento de nuestra condición humana en la era planetaria. El hombre vive en una sociedad compleja que además lo determina y constituye, y cada vez toma más conciencia de su alejamiento de esa realidad. La propuesta es superar el pensamiento simplificador de lógica disyuntora-reductora, de una racionalidad a partir del pensamiento científico-clásico de la sociedad occidental, y, por el contrario, avanzar en una transformación paradigmática del conocimiento para la comprensión de la hipercomplejidad humana. Este nuevo paradigma debe orientar la educación y la formación de nuestros estudiantes y profesionales. Morín (1992: 224) nos plantea que “Por ello tenemos que comprender que la revolución se juega hoy no tanto en el terreno de las ideas buenas o verdaderas opuestas en una lucha de vida o muerte con las ideas malas y falsas, sino en el terreno de la complejidad del modo de organizar las ideas. La salida de la “edad de hierro planetaria” y de la “prehistoria del espíritu” nos exige pensar de forma radicalmente compleja”. La preocupación fundamental de este autor es pensar la hipercomplejidad humana desde sus fuentes físico-químicas, biológicas y antropo-sociales, haciendo para ello una verdadera revolución en la educación y formación de los seres humanos, porque es imposible entender esta hipercomplejidad humana desde la actual percepción epistemológica clásica que domina en el sistema educacional planetario.
Morín[1] en su Conferencia en la Escuela de Gobierno para Jóvenes en Buenos Aires, Argentina, señaló que nos encontramos frente a la muerte de la modernidad. Esta primera muerte es el fin de la omnipotencia benéfica de la técnica y del desarrollo económico como base del desarrollo humano. Queda cada vez más al descubierto que de ninguna manera el desarrollo técnológico-económico tomado como base del desarrollo de las potencialidades humanas, asegura desarrollo humano. Por el contrario, dicho “desarrollo” nos enfrenta a la muerte ecológica y la destrucción de la biósfera. Morín señala con mucha fuerza que este avasallamiento y conquista occidental del mundo debe terminar porque nos lleva o al suicidio nuclear o al suicidio ecológico.
Para detener estos suicidios planetarios es necesario detener el dominio en nuestras economías de las hipertrofias del crédito, la especulación financiera con el petróleo, los minerales, los alimentos, entre otros. Morín (2011:23) cita a Alan Greenspan, que en su libro “La Era de las Turbulencias” señala que las finanzas mundiales” se han convertido en un barco ebrio, desconectado de las realidades productivas”. Pero además Morín señala que la crisis de la civilización occidental tiene también otras raíces: el egocentrismo egoísta, el consumismo intoxicador, el incremento de las desigualdades, las megalópolis asfixiadoras, los condominios fortificados y temerosos de las poblaciones segregadas, la desertificación acelerada por el tipo de producción de monocultivos en el campo, alimentos degradados por el uso excesivo de hormonas y antibióticos, las religiones en procesos de corrupción, pero también los laicismos vacíos de principios y la ausencia de un humanismo planetario que se desarrolle entre la unidad y la diversidad humana.
Morín agrega además que globalización, occidentalización y desarrollo constituyen una sola crisis. La globalización occidentalizada se ha transformado en la locomotora del desarrollo tecnológico-económico y amenaza seriamente con la estabilidad alimentaria del planeta. En su rápida y desenfrenada carrera por alcanzar este desarrollo, la economía China, denuncia este autor, busca competir con la sociedad norteamericana en tanto pueda alcanzar una cifra de tres automóviles por cada cuatro habitantes. Esto significaría crear carreteras en una superficie parecida a la que hoy se destina al cultivo del arroz. Actitudes parecidas encontramos en todos los países llamados emergentes. La intoxicación consumista y las necesidades artificialmente creadas crecen continuamente. Esta situación, señala el autor, ha desatado una tremenda avaricia y fines de lucro que han terminado con la solidaridad y potenciado el egocentrismo, el individualismo y la criminalidad. Pero al mismo tiempo se han expandido los barrios marginales con una pobreza que contrasta brutalmente con el consumismo de las capas medias y de los pocos millonarios que existen en esos países. Morín cita un Informe de Naciones Unidas para el desarrollo del año 2003 que “mencionaba que 54 países eran más pobres que en 1990; la esperanza de vida había retrocedido en 36 de ellos”, y pregunta ¿quién dijo que “El desarrollo es un viaje que comprende más náufragos que pasajeros…”? (:26).
En esa misma Conferencia en Buenos Aires, Morín plantea que uno de los desafíos actuales más importantes de la humanidad es poner bajo control el desarrollo anárquico de la ciencia, la tecnología y los procesos económicos. Nos encontramos frente a un exceso de información que sobrepasa la capacidad del ser humano para entender, comprender toda la información que la sociedad humana genera hoy día. Se necesitan nuevas formas de organizar la información y nuevas epistemologías para comprenderla. El asunto no es acumular la información sino tratarla de tal manera que permita organizarla en núcleos o constelaciones para su comprensión. Deberá existir un juego entre las actuales poderosas computadoras y la mente humana con criterios, visiones y arte suficiente que las organice para su comprensión. Hay que conocer los puntos centrales del saber que permitan prever los propios acontecimientos que el ser humano genera con sus descubrimientos. La predicción del futuro no debe llegar a rangos de imposibilidad. Las cosas nuevas deben dejar de ser invisibles porque, como señala Morín, tengan un nacimiento “microscópico”. No se previó de inmediato, señala el autor, el descubrimiento del código genético. Lo mismo sucedió con el descubrimiento de la estructura del átomo en los años ’30. Parece ser, sentencia Morín, que lo nuevo, lo microscópico, lo “invisible” es una desviación porque se enfrenta a las ideas ya conocidas.
Morín señaló también que si queremos salvar al mundo de la autodestrucción debemos darle un nuevo sentido a los conceptos conservación y revolución. Ambos conceptos se condicionan y se excluyen al mismo tiempo. Se excluyen porque no hay conservación absoluta. Las cosas están en permanente cambio y transformación y no se mantienen inmóviles en su estado. El concepto revolución incluye también el de conservación porque esta última no es tabula rasa, no destruye todo el pasado. Conserva los gérmenes culturales que le han dado vida a la sociedad. La llamada sociedad de la información necesita también de la filosofía para su mejor comprensión. ¡Informática sin Shakespeare es inconcebible!, señala este autor.
Morín (2011:27) acusa que “¡La idea de desarrollo es una idea subdesarrollada!”. En primer lugar porque organiza a las sociedades de modo compartimentalizado, con lo cual se pierde la visión de conjunto. Predomina al mismo tiempo una racionalización tecnológica-económica que es confundida con la racionalidad humana. El cálculo es lo fundamental para desarrollar el conocimiento, pretendiendo medir todo con indicadores altamente estandarizados. Esta racionalización instrumental ignora la totalidad, los contextos humanos y culturales, transformándose en ecocida o en etnocida. Esta occidentalización frenética del desarrollo crea justamente su contrario: un subdesarrollo intelectual, ético, físico, humano. Transforma las soluciones en problemas mayores que lo que pretendió superar. Tampoco el término de desarrollo sustentable supera las atrocidades de esta forma de convivencia: estamos frente a una multicrisis que está minando las bases del mundo actual. Morín acusa que nos encontramos ante una gigantesca crisis planetaria que se presenta como “la crisis de la humanidad que no logra acceder a la humanidad” (2011:29).
La incapacidad de la modernidad y la occidentalización de tratar los actuales problemas que genera pone en peligro a la sociedad entera a su desintegración o regresión. ¿Es posible cambiar de Vía? Hessel y Morín (2013:17-8) nos dicen que “Hay que saber globalizar y desglobalizar. Es preciso seguir con la globalización, que nos proporciona una comunidad de destino como seres humanos (…) Proponemos perpetuar y desarrollar todo lo que la globalización aporta al concepto de  intersolidaridades y de fecundidades culturales, pero, al mismo tiempo, proponemos devolver las autonomías vitales a lo local, a lo regional, a lo nacional, así como salvaguardar y favorecer por todas partes las diversidades culturales”. Continúan estos autores señalando que “Tenemos que desglobalizar para ceder todo el espacio a la economía social y solidaria, para proteger la economía de la región, preservar la agricultura de subsistencia y la alimentación ligada a ella, la artesanía y los comercios de proximidad, con el fin de atajar la desertificación de los campos y la disminución de los servicios en las áreas urbanas en dificultad”. En fin, de acuerdo a Hessel y Morín, se debe sustituir la unilateralidad del crecimiento por una mirada compleja del crecimiento que determine lo que debe seguir creciendo y lo que debe decrecer: reducir la agricultura industrializada, las energías fósiles y nucleares, la intoxicación consumista, la economía de los bienes superfluos.
Morín plantea que la sociedad vive una doble oportunidad en estos momentos de crisis: no resuelve sus problemas y la sociedad se degrada; o, crea un metasistema que le permita entender y resolver sus problemas, y entonces metamorfosearse. Y de aquí la pregunta que se hacen Hessel y Morín: ¿Será capaz el sistema planetario de  crear “… las condiciones de su propia metamorfosis, lo cual lo haría capaz de sobrevivir y de transformarse al mismo tiempo”? (2013:15). Morín es optimista, aunque confiesa que es muy difícil lograrlo. La sociedad humana no tiene otro camino, si no quiere desaparecer, que enfrentar el peligro nuclear, la degradación de la biósfera, el descontrol de la economía mundial, las hambrunas, la mala formación y educación de sus jóvenes y profesionales y los conflictos etno-político-religiosos.
Haciendo referencia a la metáfora de la oruga transformada en mariposa, Morín(2011:32)  nos dice que “el nacimiento de la vida puede concebirse como la metamorfosis de una organización físico-química que, al llegar a un punto de saturación, crea una meta-organización, la auto-eco-organización viviente, la cual, aunque involucra exactamente los mismos constituyentes físico-químicos, lleva asociadas unas cualidades nuevas, entre las cuales están la auto-reproducción, la auto-reparación, la alimentación a partir de energía exterior y la capacidad cognitiva”. Morín cree que esto es posible, porque a diferencia de Fukuyama que creía que la capacidad creadora de la evolución humana se había agotado, nos plantea que es la actual “historia la que está agotada, y no las capacidades creadoras de la humanidad”. El autor nos invita a “repensar todo y volver a empezar”. Osorio (2012) plantea que para lograrlo urge una nueva racionalidad, la construcción de una dimensión epistemológica, ontológica y metodológica desde el pensamiento complejo de Morín y de la Transdisciplinariedad de Nicolescu, como única posibilidad de seguir haciéndonos viables en este nuevo mundo planetario y terminar con esta escisión entre la vida humana, la planetaria y el universo.
En el mundo se empiezan a desarrollar ideas iniciales en distintas localidades que buscan la regeneración de la sociedad, de la economía, de la política, de la educación cognitiva, ética, moral, etc. Se trata ahora de descompartimentar estas ideas, terminar con la disyunción de ellas y reconocerlas para crear un camino de transformaciones globales posibles en todas las esferas de la sociedad, pero en especial en el sistema educacional. Es necesaria la construcción de un nuevo paradigma que permita reunificar los conocimientos fragmentados en la modernidad con la creación de las disciplinas, con el claro objetivo de buscar la supervivencia de la especie humana en esta nueva era que se ha convertido en planetaria. Hay que crear una nueva Vía que lleve a esta metamorfosis deseada a que nos prometa la salvación del planeta y la humanidad. Morín cita a Heidegger que señala que “el origen está en nosotros”. La metamorfosis apunta Morín, sería, realmente, un nuevo origen. ¿Será posible asumir la herencia del germen que se encuentra en la base de lo humano, del embrión para desarrollar un nuevo nacimiento planetario?


[1] Morin, Edgar Introducción al Pensamiento Complejo morin, e. - Inet  Compilación de ensayos y presentaciones del pensador francés Edgar Morin realizadas entre 1976 y 1988,

1 comentarios:

nelly marlene chamba tandazo dijo...

asombrosa información para pensar en la protección de nuestra paccha mama como el escenario de nuestro desarrollo físico, emocional. cultural y multicultural, cuidarlo y protegerlo para no desaparecerlo.

Publicar un comentario

Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites More

 
Powered by Blogger