viernes, 13 de junio de 2014

GRANDEZA Y DECADENCIA DEL CIENTIFICISMO



Del libro
La Transdiciplinariedad
Manifiesto


(Pág 16 a la 20)


Basarab Nicolescu
Universidad Mundo Real Edgar Morín A.C.




El espíritu humano ha estado obsesionado, desde La Noche de los Tiempos, con la idea de leyes y de orden, para dar un sentido al Universo donde vivimos y a nuestra propia vida. Los   antiguos inventaron la noción metafísica, mitológica y metafórica de cosmos. Se acomodaban muy bien a una Realidad Multidimensional, poblada de entidades diferentes: de los hombres a los dioses, pasando eventualmente por una serie de intermediarios. Dichas entidades vivían en su propio mundo, regido por sus propias leyes, pero ligadas a leyes cósmicas comunes que engendraban un orden cósmico común. Los dioses podían, así, intervenir en los asuntos de los hombres y los hombres, a veces, estaban hechos a la imagen de los dioses, y todo tenía un sentido, más o menos oculto, pero al fin y al cabo, un sentido.

La ciencia moderna nació de una ruptura brutal con la antigua visión de mundo. Se fundó sobre la idea sorprendente y revolucionaria, para la época, de una separación total entre el sujeto que conoce y la Realidad, que se supone completamente independiente del sujeto que la observa. Pero, al mismo tiempo, la ciencia moderna proporcionaba tres postulados fundamentales, que prolongaban, en grado supremo sobre el plano de la razón, la búsqueda de leyes y
de orden:

1. La existencia de las leyes universales, de carácter matemático.
2. El descubrimiento de estas leyes por medio de la experiencia científica.
3. La reproductividad perfecta de los datos experimentales.

Un lenguaje artificial, diferente del lenguaje de la tribu -las matemáticas-, era elevado, por Galileo, al rango de lenguaje común entre Dios y los hombres. Los éxitos extraordinarios de la física clásica, desde Galileo, Kepler y Newton hasta Einstein, confirmaron la precisión de estos tres postulados y, al mismo tiempo, contribuyeron a la instauración de un paradigma de la simplicidad que se volvió predominante en los umbrales del siglo XIX. La física clásica llegó a edificar, en el transcurso de dos siglos, una visión de mundo tranquilizadora y optimista lista para acoger, en el plano de lo  individual y lo social, el surgimiento de la idea de progreso.

La física clásica se fundamenta en la idea de continuidad, de acuerdo con la evidencia proporcionada por los órganos de los sentidos: no se puede pasar de un punto a otro del espacio, ni del tiempo, sin pasar por todos los puntos intermedios. Además, los físicos ya tenían a su disposición un aparato matemático fundado sobre la continuidad: el cálculo nfinitesimal de Leibniz y Newton.

La idea de continuidad está íntimamente ligada a un concepto clave de la física clásica: la causalidad local. Cualquier fenómeno físico se podía comprender por medio de un encadenamiento continuo de causas y efectos: a cada causa en un punto dado corresponde un efecto en un punto infinitamente próximo, y a cada efecto en un punto dado corresponde una causa en un punto infinitamente próximo. Así, dos puntos separados por una distancia infinita, en el espacio y el tiempo, están ligados, sin embargo, por medio de un encadenamiento continuo de causas y efectos: no es necesaria una acción directa a distancia. La causalidad más rica de los antiguos, como la de Aristóteles, se reducía a uno solo de estos aspectos: la causalidad local.

Una causalidad formal o una causalidad final ya no tenían lugar en la física clásica. Las consecuencias culturales y sociales de dicha amputación, justificada por el éxito de la física clásica son incalculables. Hoy en día, incluso, muchos de los que no tienen conocimientos agudos de filosofía consideran como una evidencia indiscutible la equivalencia entre “la causalidad” y “la causalidad local”, hasta el punto de omitir, en la mayoría de los casos, el adjetivo “local”. De esta manera, el concepto de determinismo podía hacer su entrada triunfal en la historia de las ideas. Las ecuaciones de la física clásica son tales que si se conocen las posiciones y las velocidades de los objetos físicos, en un momento dado, se pueden predecir sus posiciones y sus velocidades en cualquier otro momento del tiempo. Las leyes de la física clásica son leyes deterministas.

Considerando que los estados físicos son funciones de posiciones y de velocidades, resulta que si se precisan las condiciones iniciales (con el estado físico en un momento del tiempo dado), se puede predecir completamente el estado físico en cualquier otro momento del tiempo dado. Es claro que tanto la simpleza como la belleza estética de estos conceptos -continuidad, causalidad local, determinismo-, tan operativos en la Naturaleza, hayan fascinado a los más grandes espíritus de los últimos cuatro siglos, incluyendo el nuestro. Sólo quedaba un paso por superar, que no era de naturaleza científica, sino filosófica e ideológica: proclamar la física como la reina de las ciencias. Más precisamente, con todo reducido a la física, lo biológico y lo síquico no aparecen más que como etapas evolutivas de un único y mismo fundamento. Este paso lo facilitaron los avances indiscutibles de la física. Así nació la ideología delcientificismo, que apareció como una ideología de vanguardia y que alcanzó un extraordinario desarrollo en el siglo XIX. En efecto, se abrían perspectivas inauditas ante el espíritu humano.

Si el Universo no fuera más que una máquina perfectamente arreglada y previsible, Dios podría relegarse al estatus de simple hipótesis, innecesaria para explicar el funcionamiento del Universo, el cual se desacralizaría de súbito y la trascendencia del mismo se llevaría hacia las tinieblas de lo irracional y de la superstición. La Naturaleza se ofrecería como una amante al hombre, para ser penetrada en sus subsuelos, dominada y conquistada. Sin caer en la tentación
de un sicoanálisis del cientificismo, es preciso constatar que los escritos de los cientificistas del siglo XIX sobre la naturaleza abundan en alusiones sexuales de las más desenfrenadas. ¿Habría que sorprenderse de que la feminidad del mundo se hubiera ignorado, ridiculizado y olvidado en una civilización fundada sobre la conquista, la dominación y la eficacia a toda costa? Como un efecto perverso, pero inevitable, la mujer, de manera general, está condenada a jugar un
papel menor en la organización social.

En la euforia del cientificismo de la época, era natural, como lo hicieron Marx y Engels, postular el isomorfismo entre las leyes económicas, sociales, históricas y las leyes de la Naturaleza. Al fin y al cabo, todas las ideas marxistas se fundamentan en los conceptos provenientes de la física clásica: continuidad, causalidad local, determinismo, objetividad.

Si la Historia se somete, así como la Naturaleza, a leyes objetivas y deterministas, se puede hacer tabula rasa del pasado, por medio de una revolución social o por cualquier otro medio. De hecho, lo que cuenta es el presente, como condición inicial mecánica. Al imponer algunas condiciones iniciales sociales bien determinadas, se puede predecir, de manera infalible, el futuro de la humanidad; basta con que las condiciones iniciales se impongan a nombre del bien y de la verdad -por ejemplo, a nombre de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad- para construir la sociedad ideal. La experiencia se ha hecho a escala planetaria, con los resultados que conocemos. ¿Cuántos millones de muertos por algunos dogmas? ¿Cuánto sufrimiento a nombre del bien y de la verdad? ¿Cómo es posible que ideas tan generosas en un principio se hubieran transformado en todo lo contrario?

En el plano de lo espiritual, las consecuencias del cientificismo también han sido considerables. Un conocimiento digno de este nombre sólo puede ser científico, objetivo. La única Realidad digna de este nombre es, claro está, la Realidad objetiva regida por leyes objetivas. Todo conocimiento diferente del científico se lanza al infierno de la subjetividad, tolerada, a lo sumo, como ornamento o rechazada con desprecio como fantasma, ilusión, regresión, producto de la imaginación. La palabra misma de “espiritualidad” se vuelve sospechosa y su uso prácticamente abandonado.

La objetividad, erigida como criterio supremo de verdad, tuvo una consecuencia inevitable: la transformación del sujeto en objeto. La muerte del hombre, que anuncia tantas otras muertes, es el precio que se tiene que pagar por un conocimiento objetivo. El ser humano se vuelve objeto -objeto de la explotación del hombre por el hombre, objeto de experiencias de ideologías que se proclaman científicas, objeto de estudios científicos para ser disecados, formalizados y manipulados-. El hombre-Dios es un hombre-objeto cuya única salida es la autodestrucción. Las dos masacres mundiales del siglo pasado, sin contar las múltiples guerras locales que también han producido numerosos cadáveres, no son más que el preludio de una autodestrucción a escala planetaria o, tal vez, de un autonacimiento.

En el fondo, más allá de la inmensa esperanza que ha provocado, el cientificismo nos ha legado una idea persistente y tenaz: la de la existencia de un único nivel de Realidad, donde la única verticalidad concebible es la de la estación sostenida sobre una tierra regida por la ley de la gravitación universal.

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