miércoles, 22 de enero de 2014

Pensamiento Ecológico: El otro Nombre del Pensamiento Complejo. Incluye Respuesta a los Defensores de la Verdad.


Luis Mariano Rendón E.
Ciclista Urbano

Evidentemente, el nombre de “pensamiento complejo” no fue un nombre que pareciese haber sido elegido pensando en acercar a los no profesionales de la filosofía a la conversación.  Soy de aquellos convencidos que la Filosofía, en tanto deliberación sobre qué es la “Vida Buena”, el “Eu Zen” de los griegos, debe volver a su origen, esto es la plaza pública, la calle, y debe ser rescatada de quienes la han secuestrado, la han encerrado en claustros académicos y se aprovechan de ella a solas.
En tal sentido,  se ha propuesto la expresión “pensamiento ecológico”, como una manera de ahuyentar menos a las personas de esta mirada. Se toma la ecología como una ciencia paradigmática, en tanto que no es una ciencia que estudie, por ejemplo, a los animales, como la zoología, o a las plantas, como la botánica, sino que es una ciencia que estudia las “relaciones”, las “conexiones” que se dan en los ecosistemas entre los seres vivos, el medio biótico, y su entorno físico, el medio abiótico. Es una ciencia contextual.

Por supuesto, se trata de una metáfora, pues tampoco la ecología es la ciencia que estudia la “totalidad”, una suerte de “holología”. Aunque considera el rol central de la entrada de energía proveniente del espacio exterior en la trama de la vida en este planeta, no se preocupa de los fenómenos propiamente astrofísicos, por ejemplo. Pero es un avance considerable en términos de integración, de reconexión, en comparación a las ciencias clásicas, de mirada fundamentalmente reduccionista.

La Verdad.
Como una prevención que pensé resultaría pacífica en una conversación entre entusiastas de la complejidad, comencé mi intervención hablando de la necesidad de eliminar la palabra “verdad” de nuestro vocabulario, dado el principio de incertidumbre, y reemplazarla por “interpretación”. A mi juicio, “interpretación” es una expresión que reintroduce necesariamente al sujeto en la historia, y marca una ruptura epistemológica con el mundo metafísico de la verdad. Es un tanto evidente que si pensamos que “verdad”, según el diccionario de la RAE es: “La conformidad entre las cosas y el concepto que tenemos de ellas en nuestra mente”, no se puede seriamente afirmar al mismo tiempo la incertidumbre y la certeza sobre las cosas. Cuál sería mi sorpresa al darme cuenta que éste resultó el aspecto más cuestionado de mi ponencia. Estos cuestionamientos y el debate que siguió al respecto fue finalmente, a mi muy personal juicio, lo más interesante que dejó esta intervención.
Los partidarios de la “verdad” entre los asistentes, por supuesto, no la defendieron en su forma más cruda, sino que le agregaron dulcificaciones. Hablaron por ejemplo de “verdades relativas”, o “transitorias”, etc. Aquí creo yo que está el tema central en debate, pues en mi opinión, si queremos remover las conciencias amarradas a una cultura metafísica omnipresente, necesitamos provocar una ruptura y no seguir usando las mismas palabras de siempre.
Creo que el debate en torno a la “verdad” tiene mucho en común con el debate en torno a la idea de “desarrollo”. También hay quienes, ante lo insatisfactorio del término “desarrollo” como inspirador de mejores mundos, han recurrido a las dulcificaciones del término. Han inventado así el “desarrollo humano”, el “desarrollo a escala humana”, el “desarrollo sustentable”, etc. En forma consciente o inconsciente, el resultado de esas dulcificaciones es un gatopardismo que hace cambiar muchas cosas para que no cambie realmente lo importante. Morin, en cambio, ha entendido que mientras sigamos usando la misma palabra, por más dulcificaciones que le agreguemos, seguiremos dando vuelta en torno a un mismo núcleo conceptual, que es justamente lo que requerimos superar para hacer un mundo que elimine los males que ha creado el “desarrollo”. Por eso ha sido partidario de romper con esa terminología, de no seguir usando la misma palabra. http://www.globalizacion.org/ciudadania/MorinPoliticaHumanidad.htm
Como nos ha dicho Maturana, las palabras no describen el mundo, sino que lo inventan. Si queremos inventar un mundo distinto, más fluido, menos cristalizado que el mundo metafísico de la “verdad”, también necesitamos palabras distintas. Pienso se trata de una cuestión de estrategia epistemológica.
Entre las opiniones contrarias a la eliminación de la “verdad” de nuestro vocabulario, me llamó particularmente la atención la que desde México nos diera vía conferencia Nicolás Malinowski. Al consultarle sobre el punto, me respondió que creía conveniente la mantención de la palabra “verdad” como un horizonte hacia el cual tendía el pensamiento, pero al cual nunca llegaba. Para ilustrar esta idea usó, a mi modo de ver algo paradojalmente, un plano cartesiano. Nos dijo que el pensamiento humano se acercaba crecientemente a la verdad a la manera de una curva asintótica, sin llegar a tocarla nunca. Incluso nos mostró un dibujo que hizo en ese momento, similar a la figura de abajo. 


Quisiera comentar esta figura usada por Malinowski y sus implicancias desde el punto de vista de la complejidad. Según él, la verdad, el conocimiento de la realidad, sería algo que está allá afuera y a lo cual podemos acercarnos, aunque nunca podamos llegar a ella completamente.
Como nos ha mostrado hasta ahora la “interpretación” de la física cuántica (por supuesto no podría decir la “nueva verdad”) la realidad no es algo que esté allá afuera y que resulte independiente del observador. Cada observación del observador influye de alguna forma la realidad observada. Por lo tanto, mal podemos asimilar la realidad a un eje de un plano cartesiano, recto e inmutable frente a las observaciones de que es objeto.
Frente a esta mirada, que me atrevo a calificar como bastante preñada de metafísica, me parece mucho más fructífero el enfoque de la Ontología del Lenguaje, que nos plantea que la realidad surge precisamente en el encuentro entre el observador y lo observado.
La “verdad”, el “saber como las cosas son”, es entonces una imposibilidad, en primer lugar porque la “verdad” que cree percibir un observador dependerá de sus limitaciones/potencialidades humanas: De su biología, de sus emociones, de su lenguaje.
Pero por otra parte, tampoco podemos saber “como las cosas son”, pues al menos en la interpretación dialéctica, las cosas nunca “son”. Las cosas, siempre, “están siendo”.
Creo que la ruptura con la palabra “verdad” es un paso necesario en el camino hacia interpretaciones más integradoras y liberadoras.

“El Mundo de la Verdad es mi Tragedia”
(Verso del poema “La Plegaria del Estudiante”, de Humberto Maturana)


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