martes, 2 de octubre de 2012

¿Quién quiere ser millonario?

Javier Martínez Aldanondo
Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria


No se deje engañar por el título. No me voy a referir a la crisis económica ni al desastre que han provocado una serie de bandidos de chaqueta y corbata, impulsados por la codicia. Esta columna analiza por qué el sistema educativo actual, principal preocupación de los ciudadanos, tiene sus días contados. Expertos y políticos abogan por resolver el problema manteniendo el mismo modelo irracional surgido en la edad media e inyectándole más recursos, contribuyendo con ello a perpetuar el obsceno negocio en que se ha convertido la educación. Una vez más, son incapaces de identificar los 2 elementos que lo van a cambiar todo:
1. Como nunca en la historia, las relaciones entre las personas se basan en la igualdad, lalibertad y la autonomía en lugar de la jerarquía, la obediencia y el sometimiento. Aunque todavía existen muchas injusticias que corregir, jamás la humanidad ha vivido niveles de equidad comparables a los que estamos disfrutando.
2. De igual forma, el mundo físico se ha visto obligado a ceder terreno al mundo virtual y digital.
La solución pasa por un cambio de paradigma lo que a su vez depende fundamentalmente de la tecnología…
¿Cuál de las siguientes opciones corresponde a una fuente de energía fundamental en un ecosistema? A: El agua, B: La luz solar, C: El aire, D: El adenosin trifosfato.

Con esta pregunta comienza una noticia aparecida en el periódico que lleva por título  “El 69% de egresados de pedagogía no domina las materias que enseña”. Sin echar mano de google, ¿Serías capaz de decirme la respuesta correcta? Si escoges cualquier opción que no sea la D, estás equivocado. Pero no te preocupes, he realizado este mismo ejercicio con un buen número de profesionales y nadie supo la respuesta. Es más, ninguno sabe qué es el dichosoadenosin trifosfato. Imagino que no serás tan inocente de creer que un profesor finlandés o un ciudadano suizo o de Singapur serían capaces de responder correctamente … La noticia continua explicando que esa es una de las preguntas que contestaron los 2.062 estudiantes de Pedagogía en Educación Básica que rindieron la Prueba Inicia en 2011, examen voluntario que se realiza desde 2008 a quienes egresan de Pedagogía. El resto de la noticia entrega todo lujo de detalles sobre los malos resultados obtenidos por esos mismos estudiantes en las materias de lenguaje y comunicación, matemática, historia, geografía y ciencias naturales y la responsabilidad que el ministro de educación atribuye a las universidades que los forman.
Todo el mundo recuerda el concurso televisivo Quien quiere ser millonario. El sistema educativo actual es una copia casi idéntica de dicho programa ya que parece obsesionado con  preparar a los niños para ganar competiciones de memoria sólo que sin la posibilidad de contar con los comodines del público, del 50% y de la llamada. Ocurre que lo que esperamos de la educación es mucho más que lo que le pedimos a un programa del entretenimiento. ¿O no? La pregunta del adenosin trifosfato es ridícula pero convertir sus resultados en la demostración del fracaso de la educación demuestra ignorancia o, lo que es peor, maldad. ¿Por qué podría ser importante que los futuros profesores sepan la respuesta a esa pregunta y a otras parecidas? ¿Es imprescindible que nuestros hijos la sepan? ¿Tiene alguna relevancia que la abrumadora mayoría de adultos no la conozcamos? ¿Los tests de respuesta múltiple son una buena manera de evaluar quien tiene condiciones para ser buen profesor? ¿Cuántos exámenes de este tipo hacemos los adultos en nuestra vida profesional diaria? ¿A día de hoy, todavía queda alguien que crea que aprender consiste en estudiar, memorizar información y repetirla en un examen? Cuando se cumple casi 1 año de la muerte de Steve Jobs, ¿alguien piensa que fue exitoso por todo lo que estudió? O en tu propio caso, si no has triunfado como esperabas ¿es porque no aprendiste lo suficiente en el colegio? Muchos genios creativos odiaron las aulas. Resulta imposible encontrar respuestas de peso a estas interrogantes. Si la tecnología de la que disponemos nos permite acceder a todo ese caudal de información mediante un simple click ¿Para qué perder el tiempo en introducirla en las cabezas de los alumnos en lugar de enseñarles habilidades verdaderamente esenciales y que no se pueden aprender mediante un smartphone o accediendo a google? ¿Estamos enseñando lo que es verdaderamente importante o lo que es fácil de medir en un examen? Después de terminar tu etapa educativa ¿Cuántas veces has necesitado lidiar en tu trabajo con el adenosin trifosfato, hacer una integral o consultar la tabla química de los elementos? ¿Y cuántas veces has necesitado diagnosticar una situación, planificar una tarea o un proyecto o comunicarte e influir en otros, sean tus compañeros de equipo o tus clientes? La respuesta es tan evidente que sobran las explicaciones.

Es demencial linchar públicamente a los profesores pero es todavía más imperdonable escandalizarse por los resultados de esta prueba y otras similares y no hacerlo por la solemne cantidad de sandeces que estamos enseñando y por no invertir el tiempo en enseñar cosasverdaderamente importantes. El motivo es que centenares de miles de personas, que viven del modelo que defiende y protege al adenosin trifosfato (y a millones de conceptos análogos) y de la colosal industria de la venta de libros escolares, se quedarían sin trabajo. Dudo que vayan a dar su brazo a torcer tan fácilmente.
El principal desafío es cambiar el paradigma que proclama que la educación consiste en:
  • transmitir información (una serie de asignaturas sagradas que debes saber y que ya fueron decididas de antemano sin importar si te interesan o si serán importantes en tu vida)
  • donde existe un responsable de transferirte dicha información que es el profesor
  • y donde existe también una institución que vela por que el proceso se cumpla a rajatabla llamada escuela ó universidad (cuyo negocio es producir titulados y no el aprendizaje ya que el proceso de enseñar está supeditado al proceso de certificación).
Analicemos el primero de los 2 elementos que tarde o temprano derribarán este paradigma.
1. Libertad vs Sumisión. Mi madre me comentaba, respecto del último newsletter que trataba sobre la innovación, que la principal razón de la falta de creatividad de su generación se debía a haber sido educados bajo la dictadura franquista. La humanidad ha vivido la mayor parte de su historia sometida a regímenes absolutistas lo que significa que todavía tenemos muy poca experiencia sobre cómo vivir en democracia. Sin embargo, la sociedad actual ha conquistado cotas de libertad como nunca antes se han conocido y que se consideran un derecho irrenunciable. Estás esferas de libertad son muy patentes en el seno de la familia y del trabajo. Si hasta hace muy poco tiempo (1 generación a lo sumo) era impensable discutir las órdenes de los padres, a quienes se trataba de usted como muestra de respeto y jerarquía, hoy a los padres les resulta muy difícil imponer sus criterios (y desde luego nadie les llama de usted). Lo habitual en la relación con los hijos es la búsqueda de acuerdos mediante la negociación en lugar de obligarles a obedecer. En las empresas, la situación no es muy distinta. Los profesionales, acostumbrados en su vida personal a gozar de amplia autonomía y decidir sobre su futuro, huyen de las organizaciones donde todo está decidido de antemano y que no les entregan oportunidades de participar y aportar. Como acertadamente trata este artículo, nuestra libertad no tiene precio.

Haciendo un poco de historia, es posible reconocer actividades educativas sobresalientes en la Grecia de Sócrates (cuyo perturbador método de aprendizaje basado en preguntas le condujo a la muerte), la academia de Platón y Aristóteles a quien se atribuye la frase “lo que tenemos que aprender, lo aprendemos haciendo”. Pero el actual modelo educativo que padecemos es hijo directo de épocas autoritarias donde el poder era detentado por castas que disfrutaban de privilegios que eran negados al resto de sus súbditos. Las 3 instituciones más importantes de la antigüedad y, por ende, las que moldearon nuestro sistema educativo, fueron la iglesia (como representante de la religión), la monarquía y el ejército. Alrededor del siglo XIV aparece el concepto de lección (que proviene de leer) ejercid o por los monjes que, siendo los únicos instruidos, leían las sagradas escrituras a una población mayoritariamente analfabeta. Obviamente, ni la religión ni la monarquía ni el ejército basan su funcionamiento en fomentar el pensamiento crítico o la innovación. Los textos sagrados o los mandamientos no se ponen en duda ni se cuestionan sino que se creen y se cumplen. Los deseos del rey o las órdenes de tus superiores en el campo de batalla no se interpretan ni se discuten sino que se obedecen. Si las principales organizaciones de la época estaban basadas en la jerarquía y la subordinación, parece lógico que el paradigma educativo no dejase resquicio alguno a la libertad. En pleno siglo XXI, nuestro sistema educativo no ha cambiado un ápice y mantiene vigente el mismo concepto de la lección magistral. Tan solo ha cambiado al monje por el profesor pero sigue basándose en que quien sabe más hace clase (lee y explica la lección) a quienes saben menos. Como se asume que escuchar y leer no son buenas metodologías para aprender, se obliga a los alumnos a hacer un examen donde deben repetir lo escuchado para comprobar si lo recuerdan. Absurdo pero habitual. La separación escolar de niños y niñas (la encíclica de 1930 del papa Pio XI pregonaba que “la enseñanza mixta promueve la promiscuidad y la igualdad”) es un ejemplo de falta de autonomía y al mismo tiempo de práctica discriminatoria todavía vigente en bastantes lugares. El uso forzoso del uniforme, es otro vestigio de una educación que anulaba la individualidad y consideraba que todos debíamos aprender lo mismo y de la misma manera. En la época de la personalización, un sistema que no es capaz de reconocer que todos somos diferentes, que nos interesan cosas distintas y que nuestras vidas difícilmente serán idénticas, está condenado a desaparecer. El conflicto aparece en el momento en que las personas, conscientes de que tienen la potestad  de escoger casi todo lo que les afecta (qué ser, qué creer, qué hacer, cómo y dónde vivir, cómo vestir, qué comer...) quieren decidir también sobre la educación que reciben, más aun si están convencidos de que es deficiente. 

En el momento que los jóvenes tengan libertad, la ejercerán y no se conformarán con seguir sometidos al capricho de que, en su momento, alguien decidera, no se sabe bajo qué criterios, lo que tienen que aprender. Llegada la hora de poder escoger, hay 2 elecciones que los alumnos van a hacer: Qué quiero aprender (difícilmente querrán seguir estudiando las mismas asignaturas soporíferas) y cómo quiero aprender (desterrando el modelo que durante años les obligó a estar sentados, callados y escuchando durante horas, días, semanas, meses y años).

QUÉ: ¿Qué porcentaje de lo que aprendiste en el colegio has olvidado? Cada vez que lo pregunto, las respuestas siempre son demoledoras. No hay argumentos para impedir que alguien desee aprender sobre genoma humano, energías renovables, sobrepoblación, efecto invernadero o tratamiento del cáncer en lugar del adenosin, los cosenos o las leyes de newton. ¿Qué pasa si un niño decide que quiere diseñar y construir un vehículo propulsado por aire, inventar una nueva chocolatina o aprender a ser un detective médico? ¿Por qué mis hijos, fans acérrimos de Lego, no pueden utilizar el juego para aprender estrategia o historia, reconstruyendo alguna batalla crucial y analizando los puntos de vista de los diferentes contendientes, recreando los posibles escenarios y desenlaces e imaginando cómo hubiese cambiado la historia en cada uno de los casos?. Predecir el futuro no una cualidad de los seres humanos pero no es difícil anticipar que los trabajos que desempeñarán nuestros hijos serán bastante diferentes de los nuestros. Eso quiere decir que si lo que nosotros aprendimos en el colegio ha tenido muy poca aplicación en nuestra vida adulta, menos aun lo tendrá para ellos. No debiésemos preocuparnos tanto de dejar un mejor planeta para nuestros hijos sino mejores hijos para el planeta. Para ello es urgente que nos pongamos de acuerdo sobre cuál es la base de “cosas” que es importante aprender para entender y funcionar en el mundo y en la vida. Es evidente que esa base no se corresponde ni por asomo con el curriculum actual. Ahora bien, ese QUÉ, influye directamente en el CÓMO. Si decidimos que es fundamental aprender a ser empático, a manejar mi autoestima o a colaborar con otros, la forma en que esos QUÉs se aprenden no puede seguir siendo la misma que ha sido hasta ahora.

CÓMO: Tampoco existen razones para impedir que el aprendizaje sea experiencial, práctico, proactivo, “ensuciándose las manos en terreno”. No hay razón para que aprender en el colegio sea tan aburrido ni para que las clases tengan que durar 45 minutos o 1 hora ni para tener que someterse a la tiranía de los horarios. La lección es una herramienta pedagógica espantosa (habría que prohibirla) pero es la regla habitual. La lección se basa en un modelo de 1 a muchos aunque sabemos que el mejor aprendizaje ocurre en el 1 a 1 (al menos yo prefiero  aprender a jugar a tenis con un entrenador particular que compartiendo ese profesor con otros 30 alumnos). La lección no tiene nada que ver con aprender sino con comunicar o presentar información ya que si de verdad quiero que aprendas, te doy algo que hacer y no algo que escuchar o leer. Ver muchos partidos de futbol puede aportar información interesante pero si quiero aprender, tengo jugarlo. No aprendes nada sin práctica repetida durante el tiempo. La lección es impositiva porque no deja espacio ni para el aprendizaje colaborativo ni para el pensamiento crítico que son 2 rasgos de esenciales de la innovación. Es infantil creer que el modelo del yo sé, tú no sabes y yo te cuento significa que después de que tu me escuches, sabrás hacerlo como yo. En todo caso, vas a saber cómo se hace pero no sabrás hacerlo porque mientras no haya experiencia no te servirá de gran cosa. No puedes resolver problemas reales tan solo por el hecho de responder correctamente las preguntas en un examen. Las palabras de Paco de Lucia son irrebatibles: “Cualquiera puede ser el mejor guitarrista del mundo si está dispuesto a pasarse los siguientes 30 años practicando 10 horas diarias los 7 días de la semana”. Y es lo que ocurre también con los 10 mandamientos. Todo el mundo los conoce pero una cosa es conocerlos y otra bien diferente es comportarse según lo que “mandan”. El entrenador del equipo femenino español de waterpolo, medalla de plata en Londres 2012, decía hay cosas en la vida que solo se aprenden después de haberlas vivido, hay que pasar necesariamente por ellas, vivir la experiencia. Un buen profesor puede ayudarte a aprender sin apenas necesidad de hablar ya que cuanto más habla un profesor, menos aprenden sus alumnos. 

La lección se apoya en tecnologías ineficaces como la pizarra (existe 1 pizarra en todas las aulas de todas las escuelas o universidades del mundo), el libro, el powerpoint y el videoproyector. Y necesita también un tipo de arquitectura que es la antítesis de lo que se requiere para aprender: aulas con alumnos sentados individualmente en mesas y sillas (diseñadas para que escuches, leas y escribas y no para que hagas) dispuestos tipo escuela, mirando hacia adelante donde se encuentra el atril del actor primordial que es el profesor. En definitiva, el mismo modelo de los bancos de la iglesia, trasladado al colegio y la universidad. Escuchar y leer son las peores metodologías para aprender. En un mundo donde las personas quieren hacer y ser protagonistas,  va a ser imposible que la educación se mantenga al margen de los cambios que el resto de ámbitos de la sociedad hace tiempo que ya acometieron.

El modelo educativo que tenemos es el producto de las limitaciones que mostraban las “tecnologías” existentes cuando fue diseñado: Nuestra escuela todavía pertenece a la era Gutenberg del libro y la pizarra, que siguen siendo las tecnologías predominantes y que distan mucho de ser soportes idóneos para aprender. Si aceptamos que la mejor forma de aprender es haciendo las cosas. ¿Puedes ir a un aula y poner a 30 niños o a 50 universitarios a hacer? La verdad es que resulta muy difícil y es precisamente para sortear ese obstáculo que necesitamos recurrir a la tecnología si de verdad queremos diseñar la mejor experiencia de aprendizaje posible. En la próxima columna abordaremos el segundo factor que provocará el cambio de paradigma educativo: el impacto  de la tecnología. Esta noticia aparecida hoy mismo no deja lugar a dudas del futuro de la educación virtual. Sin embargo, hay que tener cuidado ya que no es oro todo lo que reluce. La última moda, los MOOCs, no auguran nada bueno porque insisten en mantener la lección como metodología de aprendizaje, solo que esta vez un poco más sofisticada y para disfrute de cientos de miles de alumnos a la vez. Los MOOCs persiguen el mismo objetivo que la televisión, el cine o los periódicos: difundir información de forma masiva. Claro que, como vienen avalados por las principales universidades del mundo y además son gratis, casi nadie está dispuesto a fustigarlos.


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