miércoles, 25 de enero de 2012

Ignorancia del otro o simplemente terrorismo


(A más de diez años del ataque a las Torres Gemelas.
Artículo publicado en forma de separata en la Revista Mercado Negro a fines del año 2001) 


                    Introducción
              El 11 de septiembre recién pasado, los EE UU sufrieron los actos terroristas más masivos y sangrientos de su historia. En ellos perecieron horriblemente más de siete mil personas. Este acto que afectó tan brutalmente al pueblo norteamericano ha sido repudiado por todas las fuerzas partidarias de la democracia, la vida y la paz en el mundo. Mercado Negro se asocia también al dolor de la nación del norte y repudia todo acto de  terrorismo como atentado contra la humanidad.

                Pero condenar un acto tan execrable no nos debe impedir hacer un esfuerzo por explicarlo. La misma inhumanidad de un hecho de esta envergadura nos obliga a buscar las razones de un acontecimiento de esta naturaleza, que niega tan categóricamente los cimientos esenciales de solidaridad que han permitido la evolución de la especie humana.


El Terrorismo


                 El desarrollo de hombres y mujeres, sus conquistas más importantes son el fruto de una colaboración mutua que ha permitido la construcción colectiva de importantes civilizaciones. En su desarrollo, el ser humano ha tendido a iluminarse desde sí mismo para generar su cultura en una aventura, por lo general inconsciente, del reencuentro de su naturaleza  con el hombre y la mujer reales individuales, liberando en ellos sus impulsos solidarios por el otro.

Sin embargo, los hechos de violencia o terrorismo, sean cuales sean su carácter, implican desprecio por la vida humana. Así como lo son los ataques a las Torres Gemelas, son terroristas también las intervenciones militares, política y económicas que en el mundo entero han realizado las principales potencias occidentales con el fin de transformarse en guardianes del injusto nuevo orden mundial que han creado; es terrorismo el racismo, la discriminación social y la xenofobia; la explotación, el exterminio y la esclavización; es terrorismo el avasallamiento, las humillaciones y las frustraciones impuestas a pueblos y culturas enteras.

Es terrorismos los ataques norteamericanos en nombre de la cultura occidental y cristiana contra los pueblos de Vietnam, Laos y Camboya, Irak y Yugoeslavia;  es agresión brutal las realizadas a los pueblos africanos, a los palestinos, a Libia, a Somalía, a Cuba, a Santo Domingo, Haití, Nicaragua, Chile, Argentina, Guatemala y Grenada, entre otros. Son terroristas agencias dependientes del capital financiero trasnacional cuando exigen medidas a los países subdesarrollados que profundizan su dependencia y miseria.

¿Acaso no debe ser considerado como terrorismo el rechazo por parte de los EE UU del protocolo que prohíbe las armas biológicas, rechazo al Tratado de Prohibición de las Minas Personales, negativa a ratificar el Tratado de Prohibición Total de las Pruebas Nucleares, negativa a aceptar el Tribunal Penal,  desconocimiento a las limitaciones de los sistemas de defensa contra misiles balísticos, rechazo del protocolo de Kioto, no ratificación del Convenio de Diversidad Biológica, la introducción de cultivos y alimentos transgénicos y el retiro junto con Israel de la Cumbre Mundial en contra del Racismo, en Sudáfrica? Al decir del intelectual norteamericano Noam Chomsky, EE UU se ha transformado en “el terrorista mundial número uno”, en el mayor exportador de violencia en el mundo de hoy.


Dios y el integrismo


El integrismo islámico, frente a las humillaciones de su pueblo por occidente –en especial los EE UU- desató la guerra santa, aquella guerra según ellos, ordenada por Dios contra los infieles. Fue entonces necesario convertir la fe y las creencias en instrumento bélico, en violencia, en furiosa venganza contra el agresor a través de creyentes suicidas que buscan limpiar las afrentas inferidas a su pueblo, inmolándose en un acto sublime que al mismo tiempo se transforma en un momento de encuentro definitivo con su Dios.

Bin Laden, una de las expresiones de ese islamismo integrista, estigmatizó a los EE UU como el Gran Satán en contra del cual está pretendiendo unir a grandes fuerzas sociales, políticas y religiosas, estatales y tribales, materiales y morales. La fuerza invisible de esta nueva Jihad es quizás que no se sostiene fundamentalmente en Estados con caras posibles de identificar, sino en los vínculos religiosos y fraternidades de diversas y múltiples familias, clanes y tribus del mundo islámico, que han extendido su organización en redes secretas en los diversos países occidentales.

El integrismo de Jeorge W. Bush también ha dividido al mundo entre buenos y malos -cambiándolos de lado por supuesto-, ha satinizado al islam vengador, ha retado al mundo a definirse con ellos o contra ellos, ha jurado “justicia infinita”, es decir, divina y prometió llevar a los terrorista del otro bando a la  justicia. Hasta el  Papa ha hecho saber su apoyo a tal cacería, entendida como un acto de defensa propia. Es que Dios no es neutral, se ha declarado en favor de norteamérica. Hay guerra en el Olimpo: ¡el Dios de los cristianos unido  con Jehová  buscan derrotar a Alá!.

Una vez más las religiones reniegan de su misión de reencontrar a los hombres consigo mismo. Por enésima vez bendicen las armas con las cuales se matarán unos con otros, ofendiendo la dignidad y la esencia de la naturaleza humana. Otra vez religión, dinero y espada conforman un triunvirato fatídico que busca expandir el egoísmo, desprecio y salvaje explotación de hombres y mujeres que pueblan el planeta. Nuevamente la intolerancia religiosa, racial y espiritual se sustenta en la necesidad de expandir el comercio de enormes empresas, incluida por cierto, y en primer lugar,  la poderosa industria bélica norteamericana que necesita de “justicias infinitas” para seguir sobreviviendo. Es la alianza estratégica entre el fundamentalismo religioso y el fundamentalismo del mercado que, apoyado en el integrismo político busca los nichos suficientes para continuar dominando en el mundo


Un cambio de época hacia el terror


El terror civil contra el terror del Estado y el terror del Estado contra el terror civil: ese es el espíritu de los nuevos tiempos que empezamos a vivir. Los civiles se defienden aterrorizando a los Estados, y los Estados replican provocando pavor entre los civiles: ese ya es el diario vivir de la humanidad en estos días.

Es terrorífico y cobarde lanzar misiles desde dos mil kilómetros de distancia a poblaciones civiles y militares sin dar la cara. Es horroroso dirigir aviones civiles con decenas de pasajeros sobre miles de otros civiles con el fin de advertir y de vengarse de Estados tan terroristas como ellos.

Todo el planeta ha sido declarado tierra de nadie. Por ahora el ataque apuntó contra los símbolos más significativos y arrogantes del imperio norteamericano. Ayer fueron misiles humanos, hoy el bioterrorismo y mañana podrán ser ataques locales  con armas  químicas. Al parecer es el comienzo de una guerra universal entre las potencias hegemónicas que buscan dominar por el terror abierto y poblaciones civiles que reaccionan con violencia equivalente que provocará caos planetario. Tendrá profundas consecuencias en la economía, la política y el derecho internacionales, cambiando también las formas de vida, de relacionarse y seguridad de la gente en el mundo entero.

El Juez español Garzón señaló que se va a castigar un crimen contra la humanidad con otro crimen contra la humanidad. Nos quieren llevar a una guerra terrorista contra terroristas que justifican sus crímenes como actos de defensas en contra del terror de los  Estados occidentales dominantes. Habrá más terror porque los suicidas están convencidos de que la única forma de parar las humillaciones y los crímenes de occidente es con actos de consecuencias similares en su magnitud.

 

 

 

La guerra y las finanzas


La experiencia nos ha demostrado que toda guerra emerge de profundas crisis económicas capitalistas, cuya solución pasa por un nuevo reparto brutal del mundo y transformar la economía de los países más desarrollados -especialmente la norteamericana-en un mercado mundial de armamentos.

Respecto al reparto del mundo hay que recordar que un poco al norte de la zona en conflicto, en el Mar Caspio, existen reservas estratégicas de petróleo superiores a las que hoy día existen en el Medio Oriente. La construcción de oleoductos y gaseoductos para trasladar gas y petróleo hacia occidente y oriente es fundamental. Esa zona es entonces una zona en disputa por los EE UU.

Pero aún hay más. Dichos oleoductos llegarán a Europa a través de Kosovo, lo que explica también el carácter de la guerra “humanitaria” en Yugoeslavia y la detención de Milósevic. De aquí podemos afirmar que la consecuencia geopolítica fundamental de estas tres guerras -la de Irak, Yugoeslavia  y Afganistán- será la hegemonía de los EE UU en la zona por el control del petróleo. En definitiva esta guerra pretende terminar con el debilitamiento del liderazgo norteamericano en el mundo occidental, poniendo fin de paso a la recesión del mundo desarrollado. Vistas así las cosas, es posible pensar esta guerra como  una guerra preparada de antemano que el ataque a las Torres Gemelas sólo apresuró y sirvió de justificación.


Un nuevo mundo


La guerra que recién comienza será una guerra de larga duración, visible y sectreta, universal y permanente, contra más de sesenta países, cientos de organizaciones, sitios de Internet, comunidades de exiliados y todo tipo de disidencia, diferencia, discrepancia y crítica a los modelos globalizadores actuales. Será la exigencia nunca jamás vista de obediencia, esclavitud y convivencia humana sobre la base del actual modelo neoliberal explotador y de “democracia duradera” que cada vez marginaliza y humilla a más amplias mayorías de ciudadanos del mundo.

La guerra que hoy día aterroriza al mundo es una guerra contra los pobres, los marginalizados, los demócratas y los movimientos nacionales. Es una guerra contra todo aquel que proteste en contra de los efectos perniciosos de la mundialización neoliberal. Estamos frente a la instauración de hecho de una dictadura militar global dirigida por los EE UU y hegemonizada por el capital financiero especulativo transnacional que arrolló a toda la institucionalidad internacional, entre ellas la ONU. Es una guerra muy bien preparada con mucho tiempo de antelación que permitiría a los EE UU reordenar a las fuerzas mundiales bajo su dirección y asegurar así la más alta tasa de ganancia especulativa al capital transnacional. Ese es el mundo que nos impone esta guerra.

Sin embrago es posible construir otro mundo. En necesario en primer lugar crear instrumentos internacionales, tanto jurídicos, políticos como institucionales que le ponga coto a todo tipo de terrorismo: el del Estado y el civil sobre la base de una política de paz y de cooperación solidaria internacional. En segundo lugar, crear condiciones de seguridad abandonando el armamentismo y profundizando la democracia, con respeto a la diversidad y a la soberanía de los pueblos y creación de un mundo socio-económico y cultural que distribuya equitativamente la producción social fruto del trabajo.

En tercer lugar terminar con las bases militares y los proyectos de supremacía militar de las actuales potencias hegemónicas. Garantizar además, en último lugar, una democrática distribución y usufructo de las principales riquezas naturales del mundo y del desarrollo científico tecnológico, de tal manera que favorezca el desarrollo pleno de las diversas culturas humanas. En definitiva, se trata de crear una sociedad planetaria humana solidaria en la perspectiva de Nietzsche, que permita conocer las condiciones generadoras de la cultura como guía para el establecimientos de metas universales humanizadoras, que logre, como plantea Marx, que el hombre real individual absorba en sí al ciudadano abstracto, y alcanzar. en el sentido de Maturana, la liberación del ser humano a través del encuentro de su naturaleza consigo misma.

Santiago, Octubre de 2001.



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